Introducción

Posted by SOCIALISMO REVOLUCIONARIO On lunes, 25 de agosto de 2008 0 comentarios


Este maravilloso trabajo1 de León Trotsky originado como un ensayo introductorio a Los Pensamientos Vivos de Karl Marx, una versión abreviada del volumen uno del Capital de Marx, y fue publicado primero en Gran Bretaña por Cassel en 1940.



Jim Horton, Socialist Alternative, CIT en EE.UU.

24 de octubre de 2002.


Aunque mucho ha cambiado en más de seis décadas desde que Trotsky escribió este ensayo; este trabajo conserva plena importancia en los temas fundamentales que enfrentan trabajadores y jóvenes hoy. En este corto folleto de fácil lectura, Trotsky combina exitosamente propaganda y teoría económica en lo que sigue siendo una de las mejores exposiciones del marxismo sobre la naturaleza del capitalismo y la alternativa socialista.

Lo qué destacamos en “Marxismo en nuestro Tiempo” de Trotsky no son las viejas estadísticas, que todavía tienen cierto interés, sino la frescura de su análisis y la crítica devastadora de un sistema putrefacto en su médula. Los miles de implicados hoy en los movimientos anti-capitalistas y pacifistas se beneficiarían enormemente de leer este trabajo, que más de 60 años antes de Seattle y Génova proporcionan argumentos contra la explotación, la avaricia y la corrupción del capitalismo.



Economía Capitalista

Trotsky comienza con un bosquejo del análisis económico del capitalismo de Marx, resumiendo brevemente la teoría del valor del trabajo, que Trotsky describió como “el regulador básico de la economía capitalista" Esto, como Trotsky explica, forma la base de una comprensión de todo el edificio del capitalismo. No es el caso, sin embargo, de un Marx descubriendo algunas leyes supra-históricas o eternas, sino estudiando las leyes específicas del capitalismo.


Trotsky explica claramente los que pueden ser, a veces, conceptos difíciles, revelando cómo son explotados los trabajadores y cómo la clase dominante se enriquece a partir del trabajo de la clase obrera. Los capitalistas mismos no entienden completamente el funcionamiento de su sistema y reaccionan bastante empíricamente para intentar ocultar las realidades de su sistema basado en avaricia y explotación.


Trotsky precisa que la lucha de clases es esencialmente una lucha por el producto excedente (plusvalía) producido por el trabajo no pagado de la clase obrera; esto es una lucha entre los salarios por los trabajadores y las ganancias por los patrones. Esta observación sigue siendo válida hoy, tanto como los bajos sueldos de los trabajadores público en Gran Bretaña que salen a huelga por mejor paga, después de comprobar como los “gatos gordos” se revuelcan en la transferencia masiva de recursos a los ricos durante el auge de los años 90. Trotsky proporciona un resumen claro de la sociedad de clases cuando indica: “Él que posee la plusvalía es dueño de la situación - posee la riqueza, posee el estado, tiene la llave de la iglesia, de las cortes, de las ciencias y las artes”.


Hasta hace poco los economistas y políticos proclamaban un nuevo paradigma; una economía capitalista donde los ciclos de auge y crisis se habían superado como resultado de la nueva tecnología. Estas “nuevas” teorías repitieron simplemente las nociones falsas expuestas antes del desplome de Wall Street en 1929, cuando, como Trotsky precisa; los críticos de Marx proclamaron ante los consorcios y sindicatos "presagiando el triunfo final sobre las crisis”.


Trotsky hace la afirmación categórica que "la economía política oficial esta muerta". Lo que Trotsky quiere decir era que los economistas burgueses son incapaces de explicar o de resolver la crisis capitalista. Trotsky explica, "el verdadero conocimiento de la sociedad capitalista se puede obtener solamente a través del Capital de Marx”, que él resume brillantemente en este ensayo.


Décadas antes de la desacreditada teoría del “fin de la historia” de Fukuyama, Trotsky explicó que el error básico de la economía clásica era que veían al capitalismo como la existencia normal de la humanidad por todos los tiempos, en vez ser apenas una etapa histórica en el desarrollo de la sociedad. Después del método de Marx, Trotsky expone las contradicciones del capitalismo y demuestra porqué y cómo será substituido por el socialismo.


En los últimos años la realidad ha obligado a algunos economistas a reconocer el análisis económico de Marx. Incluso el diario sensacionalista de derecha, The Sun, se vio obligado a declarar que "Marx tenía razón". La revista Time comentó que Marx “sin duda había sido reivindicado" por los progresos en la economía de los EE.UU.


Por supuesto, la clase dirigente tiembla ante el pensamiento y conclusiones políticas de Marx que también serán justificadas. Parte del ensayo de Trotsky se ocupa de responder a los críticos del marxismo y en particular a quienes proclaman que las enseñanzas de Marx se habían vuelto obsoletas.


Trotsky dio una refutación enfática: "si la teoría estima correctamente el curso del desarrollo y prevé mejor el futuro que otras teorías, sigue siendo la teoría más avanzada de nuestro tiempo, incluso a pesar de los años”.

Particularmente Trotsky atiende a la aseveración de que el capitalismo no causa una miseria cada vez mayor para las masas de la población. Trotsky precisa que generalmente en los períodos prósperos de desarrollo capitalista; “el aumento del nivel de vida de ciertos estratos de trabajadores, que era ocasionalmente algo extenso, ocultaba de una mirada superficial la disminución del proletariado de su participación de la renta nacional”. Por supuesto en períodos de recesión económica la declinación relativa es substituida por una declinación absoluta. Pero en el boom de los años 90, no sólo no participo de la renta nacional, sino que disminuyó para los trabajadores en los EE.UU.; incluso el 20 por ciento inferior ganó realmente 100 dólares por año menos que en inicios de los años 80. Alrededor del mundo dos tercios de la población intenta vivir con menos de 2 dólares al día, mientras que un tercio apenas sobrevive con menos de 1 dólar al día. Esta situación desesperada ahora se esta complicando con el inicio de una recesión mundial.


Trotsky también proporciona mucha evidencia estadística sobre la concentración de la riqueza en los años 20 y 30, en un momento en que los trabajadores fueron empujados a una mayor privación. Esta concentración de riqueza es hoy aún más obscena. Trotsky nos señala como el 2 % de la población de los EE.UU. en 1929 poseía tres quintos de toda la renta nacional. Hoy el 0.5% más rico posee tanto como el 90% inferior de la población. El uno por ciento más rico ha visto aumentar su ingreso a tasas del 157% en términos reales desde 1979.

En 1929, 200 de las 3.000.000 corporaciones en América controlaban el 49.2 % de los activos de todas las corporaciones. Hoy las ventas combinadas de las 200 compañías más grandes son mayores que el producto interno bruto combinado de al menos 10 países.


En un comentario que aún hoy resuena, Trotsky precisa que las sesenta familias más ricas de América entonces; “dominan no sólo el mercado sino todas las palancas del gobierno. Son el verdadero gobierno, el gobierno del dinero en una democracia dólar".

Hoy los jefes de la administración estadounidense continúan ligados íntimamente a las grandes corporaciones. El vice presidente Dick Cheney, por ejemplo, era director general de las Industrias Halliburton; una compañía de servicios de aceite que tiene negocios con gobiernos represivos, incluyendo Irak.



Marx actualizado

En la escritura de este ensayo Trotsky no sólo dio un resumen brillante de la teoría de económica de Marx, sino que también actualizó su aplicación. Mientras que Marx basó su análisis en los datos de la Gran Bretaña del siglo XIX, entonces la potencia mundial dominante; Trotsky utilizó la información estadística sobre América, para entonces la primera potencia capitalista en el globo. Los años 30 internacionalmente fueron un período del capitalismo en profunda crisis económica, social y política. La economía estaba en el lugar de más profunda y más devastadora depresión jamás experimentada nunca por el capitalismo. Éste fue un período de revolución y contrarrevolución, de luchas heroicas de los trabajadores y bancarrota de la dirección, una época en que el costo de una derrota revolucionaria era la bota de hierro del fascismo y de la guerra mundial a la vuelta de la esquina.


Al principio del nuevo milenio los EE.UU. siguen siendo la única superpotencia, tras el colapso de la Unión Soviética a principios de los años 90. Y, como en tiempos de Trotsky la agitación económica, social y política acecha al planeta, con terror y guerra una característica permanente del capitalismo. Por supuesto hay también diferencias con los años 30. Entonces el fascismo era triunfante en Alemania, Italia y España, siguiendo una serie de derrotas de la clase obrera; y la URSS existía como sistema social alternativo.


Hoy, mientras que un peligro siempre presente para el movimiento de trabajadores, el fascismo no esta en una esta etapa de desafío al poder. Donde los grupos neofascistas y de la extrema derecha han ganado elecciones sobre la base de abandonar abiertamente las ideas fascistas y de adoptar el populismo de derecha. Animados por políticas gubernamentales reaccionarias sobre el asilo, estos grupos estimulan el racismo culpando a los solicitantes de asilo y a los inmigrantes por los servicios públicos inadecuados y viviendas pobres.


En muchos países desde la Segunda Guerra Mundial la clase dominante, donde el sistema capitalista había estado bajo amenaza, ha preferido confiar en sus militares cercanos en lugar de pequeños grupos fascistas. Notando también que millones salieron a las calles de París en oposición a Le Pen después de la primera vuelta de las elecciones presidenciales, ellos temieron el desarrollo de un movimiento anti-racista de masas.

En tiempos de Trotsky solamente la Unión Soviética había abolido el capitalismo, no obstante una década después de la Segunda Guerra Mundial un tercio de la población mundial vivía fuera de la órbita del capitalismo, pues China y los países en Europa Oriental siguieron el modelo estalinista de la Unión Soviética de entonces. Pero a principios de los años 90 el estalinismo había colapsado, primero en Europa Oriental y luego en Rusia. China también, en un largo proceso se encamina hacia la restauración capitalista, que en Rusia ha causado caos económico y caídas catastróficas en los estándares de vida.


Estos países, sin embargo, no eran socialistas. Aunque el capitalismo haya sido derrocado y la economía de mercado había sido substituida por una economía planificada, no había democracia. El estado fue controlado por una élite burocrática que utilizó la represión viciosa contra los opositores al régimen. En Rusia en 1917 una revolución de trabajadores dirigida por los Bolcheviques había conducido los primeros pasos hacia un estado democrático de trabajadores. Sin embargo, Trotsky había explicado que no era posible construir el socialismo en un solo país. La guerra civil, la invasión imperialista y el aislamiento de la revolución en un país económicamente y culturalmente atrasado, dio lugar a que los trabajadores perdieran el poder político y al establecimiento de un régimen dictatorial.


Los estados formados en China y Europa Oriental después de la Segunda Guerra Mundial fueron modelados en base a la Unión Soviética de 1945, no de 1917.

Por un período a continuación de la Segunda Guerra Mundial parecía que el marxismo había sido confundido. El boom económico de posguerra, que duró hasta comienzos de los años 70, parecía hacer convertido la idea misma de cambio revolucionario en los países capitalistas avanzados, en excesiva y redundante. Durante este período Los precursores del Partido Socialista (en Gran Bretaña) sostuvieron correctamente que el capitalismo entraría inevitablemente en crisis y los trabajadores se moverían otra vez a luchar contra el sistema. La guerra misma había traído la depresión económica de los años 30, llevándola a un extremo sangriento y espantoso, y los movimientos revolucionarios se desarrollaron en sus consecuencias. Durante tiempo las colonias en Asia y África ganaron independencia política. Algunas giraron hacia el estalinismo, mientras que otras continuaron esclavizados económicamente de las gigantes corporaciones capitalistas y del imperialismo.


En Europa occidental de la posguerra los trabajadores también querían un cambio. Esto se reflejó en Gran Bretaña, por ejemplo, en la elección de un gobierno laborista. En contraste con el Nuevo Laborismo de Blair hoy, que esta cautivado por el capitalismo y casado con los grandes negocios; el Partido Laborista de 1945, bajo presión de los trabajadores, en palabras aspiraba al socialismo. Mientras que sus líderes intentaron permanecer dentro de los límites del capitalismo, los trabajadores vieron al Laborismo como su partido, activo en la determinación de la política. Esto se reflejó en el manifiesto radical de 1945, la nacionalización de las industrias básicas y el establecimiento de un estado de bienestar. Ahora los trabajadores no tienen ninguna influencia sobre la política. La agenda pro-capitalista del Nuevo Laborismo: de privatización y de ataques contra el estado del bienestar ha alienado y privado de derechos a millones de trabajadores, requiriendo la formación de un nuevo partido de masas de la clase obrera.


Rearmando el movimiento

El pronóstico de Trotsky de que la reconstrucción de la posguerra ocurriría sobre una base socialista no fue confirmado. En la posguerra inmediata las fuerzas del genuino marxismo eran demasiado débiles para influenciar el nuevo período que se abría. Las clases dominantes de Europa, a través de la agencia de la Social Democracia, fueron capaces de llevar a través de una contrarrevolución democrática y sentar las bases políticas para el prolongado boom económico de la posguerra y la concesión de reformas para los trabajadores.

Ese período ha llegado a su fin y sus características específicas no se repetirán. En el período depresionario de hoy los booms económicos no pueden aliviar los problemas de millones, mientras que la crisis financiera y la recesión dan lugar a un creciente empobrecimiento e indigencia.


El marxismo evita intentar predicciones astrológicas. Trotsky no era ningún adivino. Él explicó que un pronóstico político; “es suficiente si da una indicación correcta de la línea general del desarrollo y ayuda a orientarse en el curso actual de los acontecimientos, en los cuales la línea básica cambia inevitablemente a la derecha o a la izquierda".


Trotsky explicó que el Manifiesto Comunista de Marx y de Engels también contuvo algunos errores de sincronización y de análisis. Pero la tarea de los marxistas es hacer correcciones a un pronóstico, a la luz de los nuevos desarrollos y de acuerdo con el método del marxismo en sí, en orden a proveer una guía para la acción y una orientación eficaz en la lucha de clases.

El Estalinismo ya no existe hoy como sistema alternativo, su colapso, la subsecuente ofensiva ideológica de la burguesía y el giro posterior a la derecha de los Partidos Social Demócratas en Europa, incluyendo el Nuevo Laborismo, hizo retroceder la conciencia socialista entre capas amplias de trabajadores y juventud en los años 90. El Partido Socialista, y la organización internacional a la cual esta afiliada, el Comité por una Internacional de Trabajadores (CIT), usando el método del marxismo, examinaron las nuevas complejidades de la situación y formularon un análisis y orientación para hacer avanzar nuestro movimiento.


La necesidad del socialismo

Trotsky finaliza “Marxismo en nuestro Tiempo" haciendo una inexpugnable defensa de la economía mundial planificada, una sociedad socialista donde los recursos del mundo se puedan utilizar para beneficiar a toda la humanidad, más que a una élite codiciosa. Trotsky deja claro que esto requerirá una revolución: "Las reformas parciales no son buenas"


En "Marxismo en nuestro Tiempo" Trotsky se refiere a la inevitabilidad del socialismo y de la revolución socialista; y comenta que Marx vio al socialismo como una necesidad histórica. Es verdad que históricamente, el capitalismo ya no puede hacer progresar más a la sociedad y sólo significa miseria para billones. Solamente la planificación democrática de los recursos mundiales pueden terminar los horrores del hambre, de la pobreza, del terror y la guerra. Hoy la opción entre el barbarismo, la destrucción ambiental y la aniquilación nuclear por una parte; y la abundancia, progreso y paz en la otra, nunca se había planteado tan críticamente.

Pero Trotsky señaló claramente que solamente la intervención directa de las masas puede barrer el sistema, aboliendo la propiedad privada de los medios de producción como el primer requisito previo a una economía planificada. En Italia y España millones han participado en huelgas y demostraciones. En América latina los movimientos revolucionarios han remecido el continente. En el sector público de Gran Bretaña los trabajadores se han movido a la acción.


Pero Trotsky sobretodo entendía la necesidad de esforzarse en la construcción de un partido revolucionario: un partido que entienda la naturaleza del capitalismo y que se esfuerce en armar a la clase obrera con una perspectiva y un programa para cambiar la sociedad.


A todos los que intentan justificar el terror brutal del capitalismo y todos sus horrores acompañantes, Trotsky hace más de 60 años replicó: “Los conservadores consideran políticas sensibles defender un orden social que ha descendido a tal locura destructiva y ellos condenan la lucha contra tal locura como Utopismo destructivo”; Trotsky agregó proféticamente que "El capitalismo envejecido… está perdiendo sus pasados vestigios de razón."


Cómo resuenan estas palabras hoy, cuando incluso algunos comentaristas burgueses se ven obligados a afirmar "La respuesta ortodoxa a la crisis del capitalismo americano es reformar el sistema, pero la reforma es inútil cuando el sistema en sí ha fallado. Enron fue un escándalo, pero también el producto de una mutación patológica en el capitalismo" (International Herald Tribune, 9 de septiembre de 2002)


Esta mutación patológica se extiende a todo el cuerpo político del sistema, como al capitalismo mundial, dirigido por los belicistas Bush y su cómplice Blair; fijan curso hacia un tumulto económico y social, y los horrores de la guerra y del terror. La lucha por el socialismo nunca ha sido más urgente. El ensayo de Trotsky de 1939, su última afirmación de la teoría económica marxista antes de su asesinato por un agente estalinista en 1940, es una ayuda imprescindible para desarrollar las fuerzas que alcanzarán el socialismo en nuestro tiempo.


Jim Horton, 24 de octubre de 2002.


Capítulo 1: El Marxismo y Nuestra Época

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León Trotsky, Coyoacán, México.

26 de febrero de 1939


Este libro de Otto Rühle expone de una manera compacta las doctrinas económicas fundamentales de Marx. Después de todo nadie ha sido todavía capaz de exponer la teoría del trabajo mejor que el propio Marx.I


Algunas de las argumentaciones de Marx, especialmente en el capítulo primero, el más difícil de todos, pueden parecer al lector no iniciado demasiado discursivas, ociosas o “metafísicas”. En realidad, esta impresión es la consecuencia de no tener la costumbre de considerar de una manera científica los fenómenos familiares. La mercancía se ha convertido en una parte tan universalmente difundida y tan familiar de nuestra vida diaria que ni siquiera se nos ocurre considerar por qué los hombres ceden objetos importantes, necesarios para el sostenimiento de la vida, a cambio de pequeños discos de oro o de plata que no se utilizan en parte alguna de la tierra. El asunto no se limita a la mercancía. Todas y cada una de las categorías de la economía del mercado parecen ser aceptadas sin análisis, como evidentes por sí mismas, y como si fueran las bases naturales de las relaciones humanas. Sin embargo, mientras las realidades del proceso económico son el trabajo humano, las materias primas, las herramientas, las máquinas, la división del trabajo, la necesidad de distribuir los productos terminados entre los participantes en el proceso de producción, etcétera, las categorías como mercancía, dinero, salarios, capital, ganancia, impuesto, etcétera, son únicamente reflejos semi-místicos en las cabezas de los hombres de los diversos aspectos de un proceso económico que no comprenden y que escapan a su control. Para descifrarlos es indispensable un análisis científico completo.


En Estados Unidos, donde un hombre que posee un millón de dólares se considera que “vale” un millón de dólares, los conceptos con respecto al mercado han caído mucho más bajo que en cualquier otra parte. Hasta una época muy reciente los norteamericanos se preocuparon muy poco por la naturaleza de las relaciones económicas. En la tierra del sistema económico más poderoso, la teoría económica siguió siendo excesivamente pobre. Fue necesaria la crisis profunda de la economía norteamericana para que la opinión pública de ese país se enfrente bruscamente con los problemas fundamentales de la sociedad capitalista. En cualquier caso, aquellos que se hayan acostumbrado a aceptar sin un examen riguroso las reflexiones ideológicas sobre el desarrollo económico, aquellos que no hayan razonado, siguiendo los pasos de Marx, acerca de la naturaleza esencial de la mercancía como la célula básica del organismo capitalista, estarán incapacitados para comprender científicamente los fenómenos más importantes de nuestra época.


Capítulo 2: El método de Marx

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Habiendo definido la ciencia como el conocimiento de los fenómenos objetivos de la naturaleza, el hombre ha tratado terca y persistentemente de excluirse a sí mismo de la ciencia, reservándose privilegios especiales bajo la forma de pretendidas relaciones con fuerzas suprasensibles (religión) o con preceptos morales eternos (idealismo). Marx privó al hombre definitivamente y para siempre de esos odiosos privilegios, considerándolo como un eslabón natural en el proceso evolutivo de la naturaleza material; al considerar a la sociedad como la organización para la producción y la distribución; al considerar al capitalismo como una etapa en el desarrollo de la sociedad humana.


La finalidad de Marx no era descubrir las “leyes eternas” de la economía. Negó la existencia de semejantes leyes. La historia del desarrollo de la sociedad humana es la historia de la sucesión de diversos sistemas económicos, cada uno de los cuales actúa de acuerdo con sus propias leyes. El pasaje de un sistema al otro ha sido determinado siempre por el aumento de las fuerzas productivas, es decir, de la técnica y de la organización del trabajo. Hasta cierto punto, los cambios sociales son de carácter cuantitativo y no alteran las bases de la sociedad, es decir, las formas dominantes de la propiedad. Pero se alcanza un nuevo punto cuando las fuerzas productivas maduras ya no pueden contenerse más tiempo dentro de las viejas formas de la propiedad; entonces se produce un cambio radical en el orden social, acompañado de conmociones. La comuna primitiva fue reemplazada o complementada por la esclavitud; la esclavitud fue sucedida por la servidumbre con su superestructura feudal; el desarrollo comercial de las ciudades llevó a Europa, en el siglo XVI, al orden capitalista, el que pasó inmediatamente a través de diversas etapas. Marx no estudia en El Capital la economía en general, sino la economía capitalista, con sus leyes específicas propias. Solamente al pasar se refiere a otros sistemas económicos con el objeto de poner en claro las características del capitalismo.


La economía de la familia campesina primitiva, que se bastaba a sí misma, no tenía necesidad de una economía política, pues estaba dominada por un lado por las fuerzas de la naturaleza y por el otro por las fuerzas de la tradición. La economía natural de los griegos y romanos, completa en sí misma, fundada en el trabajo de los esclavos, dependía de la voluntad del propietario de los esclavos, cuyo “plan” estaba determinado directamente por las leyes de la naturaleza y de la rutina. Lo mismo puede decirse también del régimen medieval con sus siervos campesinos. En todos estos casos las relaciones económicas eran claras y transparentes en su estado bruto, por así decirlo. Pero el caso de la sociedad contemporánea es completamente diferente. Ha destruido las viejas relaciones de la economía cerrada y los modos de trabajo del pasado. Las nuevas relaciones económicas han relacionado entre sí a las ciudades y las aldeas, a las provincias y las naciones. La división del trabajo ha abarcado a todo el planeta. Habiendo destrozado la tradición y la rutina, esos lazos no se han compuesto de acuerdo con algún plan definido, sino más bien independientemente de la conciencia y de la previsión humanas. La interdependencia de los hombres, los grupos, las clases, las naciones, consecuencia de la división del trabajo, no está dirigida por nadie. Los hombres trabajan los unos para los otros sin conocerse entre sí, sin conocer las necesidades de los demás, con la esperanza, e inclusive con la seguridad, de que sus relaciones se regularán de algún modo por sí mismas. Y esto es lo que sucede, más bien, es lo que sucedía en otros tiempos.


Es completamente imposible buscar las causas de los fenómenos de la sociedad capitalista en la conciencia subjetiva, en las intenciones o planes de sus miembros. Los fenómenos objetivos del capitalismo fueron reconocidos antes de que la ciencia se haya dedicado a estudiarlos seriamente. Hasta hoy día la mayoría de los hombres nada saben acerca de las leyes que rigen a la economía capitalista. Toda la fuerza del método de Marx reside en su acercamiento a los fenómenos económicos, no desde el punto de vista subjetivo de algunas personas, sino desde el punto de vista objetivo del desarrollo de la sociedad en su conjunto, del mismo modo que un hombre de ciencia que estudia la naturaleza se acerca a una colmena o a un hormiguero.


Para la ciencia económica lo que tiene una importancia decisiva es lo que hacen los hombres y cómo lo hacen, no lo que ellos piensan con respecto a sus actos. En la base de la sociedad no se hallan la religión y la moral, sino los recursos natulares y el trabajo. El método de Marx es materialista, pues va de la existencia a la conciencia y no en el orden inverso. El método de Marx es dialéctico, pues observa cómo evolucionan la naturaleza y la sociedad y la misma evolución como la lucha constante de las fuerzas antagónicas.


Capítulo 3: El marxismo y la ciencia oficial

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Marx tuvo predecesores. La economía política clásica -Adam Smith*, David Ricardo*- alcanzó su apogeo antes de que el capitalismo hubiera alcanzado su madurez, antes de que comenzara a temer el futuro. Marx rindió a los dos grandes clásicos el perfecto tributo de su profunda gratitud. Sin embargo, el error básico de los economistas clásicos era que consideraban el capitalismo como la existencia normal de la humanidad en todas las épocas, en vez de considerarlo simplemente como una etapa histórica en el desarrollo de la sociedad. Marx inició la crítica de esa economía política, expuso sus errores, así como las contradicciones del mismo capitalismo, y demostró que era inevitable su colapso.


La ciencia no alcanza su meta en el estudio herméticamente sellado del erudito, sino en la sociedad de los hombres de carne y hueso. Todos los intereses y pasiones que despedazan a la sociedad ejercen su influencia en el desarrollo de la ciencia, especialmente de la economía política, la ciencia de la riqueza y de la pobreza. La lucha de los obreros contra la burguesía obligó a los teóricos burgueses a volver la espalda al análisis científico del sistema de explotación y a ocuparse de la simple descripción de los hechos económicos, el estudio del pasado económico y, lo que es inmensamente peor, una verdadera falsificación de la realidad con el propósito de justificar el régimen capitalista. La doctrina económica que se ha enseñado hasta el día de hoy en las instituciones oficiales de enseñanza y se ha predicado en la prensa burguesa nos ofrece un importante documento sobre el trabajo, pero no obstante es completamente incapaz de abarcar el proceso económico en su conjunto y descubrir sus leyes y perspectivas, ni tiene deseo alguno de hacerlo. La economía política oficial ha muerto.


Capítulo 4: La Ley del Valor-Trabajo

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En la sociedad contemporánea el vínculo cardinal entre los hombres es el intercambio. Todo producto del trabajo, que entra en el proceso de intercambio, se convierte en mercancía. Marx inició su investigación con la mercancía y dedujo de esa célula fundamental de la sociedad capitalista las relaciones sociales que se han constituido objetivamente como la base del intercambio, independientemente de la voluntad del hombre. Este es el único método que permite resolver este enigma fundamental: ¿cómo en la sociedad capitalista, en la cual cada hombre piensa sólo en sí mismo y nadie piensa en los demás, se han creado las relaciones entre las diversas ramas de la economía indispensables para la vida?


El obrero vende su fuerza de trabajo, el agricultor lleva su producto al mercado, el prestamista o el banquero conceden préstamos, el comerciante ofrece un surtido de mercancías, el industrial construye una fábrica, el especulador compra y vende acciones y bonos, y cada uno de ellos tiene en consideración sus propias conveniencias, sus planes privados, su propia opinión sobre los salarios y la ganancia. Sin embargo, de este caos de esfuerzos y de acciones individuales surge un conjunto económico que aunque ciertamente no es armonioso, da sin embargo a la sociedad la posibilidad no sólo de existir, sino también de desarrollarse. Esto quiere decir que, después de todo, el caos no es de modo alguno caos, que de algún modo está regulado automática e inconcientemente. Comprender el mecanismo por el cual los diversos aspectos de la economía llegan a un estado de equilibrio relativo es descubrir las leyes objetivas del capitalismo.


Evidentemente, las leyes que rigen las diversas esferas de la economía capitalista, salarios, precios, arrendamiento, ganancia, interés, crédito, bolsa, son numerosas y complejas. Pero en último término todas proceden de una única ley descubierta por Marx y examinada por él hasta el final: es la ley del valor-trabajo, que es ciertamente la que regula básicamente la economía capitalista. La esencia de esa ley es simple. La sociedad tiene a su disposición cierta reserva de fuerza de trabajo viva. Aplicada a la naturaleza, esa fuerza engendra productos necesarios para la satisfacción de las necesidades humanas. Como consecuencia de la división del trabajo entre los productores independientes, los productos toman la forma de mercancías. Las mercancías se cambian entre sí en una proporción determinada, al principio directamente y más tarde por medio de un intermediario, el oro o la moneda. La propiedad esencial de las mercancías, propiedad que las hace iguales entre sí, siguiendo cierta relación, es el trabajo humano invertido en ellas -trabajo abstracto, trabajo en general, la base y la medida del valor. La división del trabajo entre millones de productores no lleva a la desintegración de la sociedad, porque las mercancías son intercambiadas de acuerdo con el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción. Mediante la aceptación y el rechazo de las mercancías, el mercado, en su calidad de terreno del intercambio, decide si contienen o no contienen en sí mismas el trabajo socialmente necesario, con lo cual determina las proporciones de las diversas clases de mercancías necesarias para la sociedad, y en consecuencia también la distribución de la fuerza de trabajo entre las diferentes ramas de la producción.


Los procesos reales del mercado son inmensamente más complejos que lo que hemos expuesto aquí en pocas líneas. Así, al girar alrededor del valor del trabajo, los precios fluctúan por encima y por debajo de sus valores. Las causas de esas desviaciones están completamente explicadas en el tercer volumen de El Capital de Marx, en el que se describe “el proceso de la producción capitalista considerado en su conjunto”. Sin embargo, por grandes que puedan ser las diferencias entre los precios y los valores de las mercancías en los casos individuales, la suma de todos los precios es igual a la suma de todos los valores, pues en último término únicamente los valores que han sido creados por el trabajo humano se hallan a disposición de la sociedad, y los precios no pueden pasar de estos límites, inclusive si se tiene en cuenta el monopolio de los precios o “trust”; donde el trabajo no ha creado un valor nuevo nada puede hacer ni el mismo Rockefeller.


Capítulo 5: Desigualdad y Explotación

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Pero si las mercancías se intercambian de acuerdo con la cantidad de trabajo invertido en ellas, ¿cómo se deriva la desigualdad de la igualdad? Marx resolvió ese enigma exponiendo la naturaleza peculiar de una de las mercancías, que es la base de todas las demás mercancías: la fuerza de trabajo. El propietario de los medios de producción, el capitalista, compra la fuerza de trabajo. Como todas las otras mercancías, la fuerza de trabajo es valorizada de acuerdo con la cantidad de trabajo que encierra en ella, esto es, de los medios de subsistencia necesarios para la vida y la reproducción de la fuerza de trabajo. Pero el consumo de esta mercancía -fuerza de trabajo- es el trabajo, que crea nuevos valores. La cantidad de esos valores es mayor que los que recibe el propio trabajador y que necesita para su subsistencia. El capitalista compra fuerza de trabajo para explotarla. Esa explotación es la fuente de la desigualdad.


Esta parte del producto del trabajo que contribuye a la subsistencia del trabajador la llama Marx producto necesario; a la parte excedente que produce el trabajador la llama plusvalía. El esclavo tenía que producir plusvalía pues de otro modo el dueño de esclavos no los hubiera tenido. El siervo tenía que producir plusvalía, pues de otro modo la servidumbre no hubiera tenido utilidad alguna para la nobleza terrateniente. El obrero asalariado produce también plusvalía, sólo que en una escala mucho mayor, pues de otro modo el capitalista no tendría necesidad de comprar la fuerza de trabajo. La lucha de clases no es otra cosa que la lucha por la plusvalía. Quien posee la plusvalía es el dueño del Estado, tiene la llave de la Iglesia, de los tribunales, de las ciencias y de las artes.


Capítulo 6: Competencia y Monopolio

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Las relaciones entre los capitalistas que explotan a los trabajadores están determinadas por la competencia, que actúa como el resorte principal del progreso capitalista. Las empresas grandes gozan de mayores ventajas técnicas, financieras, de organización, económicas y, “last but not least” (por último pero no menos importante, N de T.) políticas que las empresas pequeñas. El capital mayor, capaz de explotar al mayor número de obreros, es inevitablemente el que consigue la victoria en una competencia. Tal es la base de la concentración y centralización del capital.


Al estimular el progreso y el desarrollo de la técnica, la competencia no sólo destruye gradualmente a las capas intermediarias, sino que se destruye también a sí misma. Sobre los cadáveres y semicadáveres de los capitalistas pequeños y medianos surge un número cada vez menor de magnates capitalistas cada vez más poderosos. De este modo, la competencia honesta, democrática y progresiva engendra irrevocablemente el monopolio dañino, parásito y reaccionario. Su predominio comenzó a afirmarse a partir de 1880 y asumió su forma definitiva a comienzos del presente siglo. Ahora, la victoria del monopolio es reconocida abiertamente por los representantes oficiales de la sociedad burguesaII. Sin embargo, cuando en el curso de su pronóstico sobre el futuro del sistema capitalista Marx demostró por primera vez que el monopolio es una consecuencia de las tendencias inherentes al capitalismo, el mundo burgués siguió considerando a la competencia como una ley eterna de la naturaleza.


La eliminación de la competencia por el monopolio señala el comienzo de la desintegración de la sociedad capitalista. La competencia era el principal resorte creador del capitalismo y la justificación histórica del capitalista. Por lo mismo, la eliminación de la competencia significa la transformación de los accionistas en parásitos sociales. La competencia necesita de ciertas libertades, una atmósfera liberal, un régimen democrático, un cosmopolitismo comercial. El monopolio necesita en cambio un gobierno tan autoritario como sea posible, murallas aduaneras, sus “propias” fuentes de materias primas y mercados (colonias). La última palabra en la desintegración del capital monopolista es el fascismo.


Capítulo 7: Concentración de la riqueza y Aumento de las contradicciones de clase

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Los capitalistas y sus defensores tratan por todos los medios de ocultar el alcance real de la concentración de la riqueza a los ojos del pueblo, así como a los ojos del cobrador de impuestos. Desafiando a la evidencia, la prensa burguesa intenta todavía mantener la ilusión de una distribución “democrática” de los capitales invertidos. The New York Times, para refutar a los marxistas, señala que hay de tres a cinco millones de patrones individuales. Es cierto que las sociedades anónimas representan una concentración de capital mayor que tres a cinco millones de patrones individuales, aunque Estados Unidos cuenta con “medio millón de sociedades”. Este modo de jugar con las cifras tiene por objeto, no aclarar, sino ocultar la realidad.


Desde el comienzo de la guerra hasta 1923 el número de fábricas y factorías existentes en Estados Unidos descendió del 100 al 98,7, mientras que la masa de producción industrial ascendió del 100 al 156,3. Durante los años de una prosperidad sensacional (1923-1929), cuando parecía que todo el mundo se hacía rico, el índice del número de establecimientos descendió de 100 a 93,8 mientras la producción ascendió de 100 a 113. Sin embargo, la concentración de establecimientos industriales, limitada por su voluminoso cuerpo material, está muy por detrás de la concentración de su espíritu, la propiedad. En 1929 tenían en realidad más de 300.000 sociedades, como observa correctamente The New York Times. Lo único que hace falta añadir es que 200 de ellas, es decir, el 0,07 del número total, controlaban directamente al 49,2% de los capitales de todas las sociedades. Cuatro años más tarde el porcentaje había ascendido ya al 56, en tanto que durante los años de la administración de Roosevelt ha subido indudablemente aún más. Dentro de esas 200 sociedades anónimas principales el dominio verdadero corresponde a una pequeña minoríaIII.


El mismo proceso puede observarse en la banca y en los sistemas de seguros. Cinco de las mayores compañías de seguros de Estados Unidos han absorbido no solamente a las otras compañías, sino también a muchos bancos. El número total de bancos se ha reducido, principalmente en la forma de las llamadas “mergers” (fusiones), esencialmente por medio de la absorción. Este proceso se acelera rápidamente. Por encima de los bancos se eleva la oligarquía de los superbancos. El capital bancario se fusiona con el capital industrial bajo la forma de supercapital financiero. Suponiendo que la concentración de la industria y de los bancos se produzca al mismo ritmo que durante el último cuarto de siglo -de hecho ese ritmo va en aumento- en el curso del próximo cuarto de siglo los monopolistas habrán concentrado en sí mismos toda la economía del país.


Hemos recurrido a las estadísticas de Estados Unidos porque son más exactas y más sorprendentes. Pero el proceso de concentración es esencialmente de carácter internacional. A través de las diversas etapas del capitalismo, a través de las fases de los ciclos coyunturales, a través de todos los regímenes políticos, a través de los períodos de paz tanto como de los períodos de conflictos armados, el proceso de concentración de todas las grandes fortunas en un número de manos cada vez menor ha seguido adelante y continuará sin término. Durante los años de la Gran Guerra, cuando las naciones estaban heridas de muerte, cuando los sistemas fiscales rodaban hacia el abismo, arrastrando tras de sí a las clases medias, los monopolistas obtenían provechos sin precedentes con la sangre y el barro. Las compañías más poderosas de Estados Unidos aumentaron sus beneficios durante los años de la guerra dos, tres y hasta cuatro veces y aumentaron sus dividendos hasta el 300, el 400, el 900%, y aún más.


En 1840, ocho años antes de la publicación por Marx y Engels del Manifiesto del Partido Comunista, el famoso escritor francés Alexis de Tocqueville2 escribió en su libro La democracia en América: “La gran riqueza tiende a desaparecer y el número de pequeñas fortunas a aumentar”. Este pensamiento ha sido reiterado innumerables veces, al principio con referencia a Estados Unidos, y luego con referencia a las otras jóvenes democracias, Australia y Nueva Zelanda. Por supuesto, la opinión de Tocqueville ya era errónea en su época. Sin embargo, la verdadera concentración de la riqueza comenzó únicamente después de la Guerra Civil norteamericana, en la víspera de la muerte de Tocqueville. A comienzos de siglo el 2% de la población de Estados Unidos poseía ya más de la mitad de toda la riqueza del país; en 1929 ese mismo 2% poseía los 3/5 de la riqueza nacional. Al mismo tiempo, 36.000 familias ricas poseían una renta tan grande como 11.000.000 de familias de la clase media y de los pobres. Durante la crisis de 1929-1933 los establecimientos monopolistas no tenían necesidad de apelar a la caridad pública; por el contrario, se hicieron más poderosos que nunca en medio de la declinación general de la economía nacional. Durante la precaria reactivación industrial producida por la levadura del New Deal los monopolistas consiguieron nuevos beneficios. El número de los desocupados disminuyó en el mejor de los casos de 20.000.000 a 10.000.000; al mismo tiempo, la capa superior de la sociedad capitalista, 6.000 personas, acopió dividendos fantásticos; esto es lo que el Subsecretario de Justicia Robert H. Jackson demostró con cifras durante su declaración ante la correspondiente comisión investigadora de Estados Unidos.


Pero el concepto abstracto de “capital monopolista” está para nosotros lleno de carne y hueso. Esto quiere decir que un puñado de familiasIV, unidas por los lazos del parentesco y del interés común en una oligarquía capitalista exclusiva, disponen del destino económico y político de una gran nación. Hay que admitir forzosamente que la ley marxista de la concentración del capital ha realizado bien su obra.


Capítulo 8: La enseñanza de Marx, ¿está permitida?

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Las cuestiones de la competencia, de la concentración de la riqueza y del monopolio llevan naturalmente a la cuestión de saber si en nuestra época la teoría económica de Marx no tiene más que un simple interés histórico -como, por ejemplo, la teoría de Adam Smith- o si sigue teniendo verdadera importancia. El criterio para responder a esta pregunta es simple: si la teoría estima correctamente el curso de la evolución y prevé el futuro mejor que las otras teorías, sigue siendo la teoría más adelantada de nuestra época, aunque date ya de muchos años.


El famoso economista alemán Werner Sombart3, que era virtualmente un marxista al comienzo de su carrera, pero que luego revisó todos los aspectos más revolucionarios de la doctrina de Marx, opuso a El Capital de Marx su propio Capitalismo, que probablemente es la exposición apologética más conocida de la economía burguesa en los tiempos recientes. Sombart escribió: “Karl Marx profetizó: primero, la miseria creciente de los trabajadores asalariados; segundo, la ‘concentración’ general, con la desaparición de los campesinos; tercero, el colapso catastrófico del capitalismo. Nada de esto ha ocurrido”.


A esos pronósticos equivocados, Sombart contrapone su propio pronóstico, “estrictamente científico”.“El capitalismo subsistirá -según él- para transformarse internamente en la misma dirección en que ha comenzado ya a transformarse en la época de su apogeo: al envejecer se vuelve más y más tranquilo, sosegado, razonable”. Tratemos de verificar, aunque no sea más que en sus líneas generales, quién de los dos está en lo cierto: Marx, con su pronóstico de la catástrofe, o Sombart, quien en nombre de toda economía burguesa prometió que las cosas se arreglarían de una manera “tranquila, sosegada y razonable”. El lector convendrá en que el asunto es digno de estudio.


Capítulo 9: La teoría de la miseria creciente

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“La acumulación de la riqueza en un polo -escribió Marx sesenta años antes que Sombart- es, en consecuencia, al mismo tiempo acumulación de miseria, sufrimiento, esclavitud, ignorancia, brutalidad, degradación mental en el polo opuesto, es decir, de parte de la clase cuyo producto toma la forma de capital.” Esa tesis de Marx, bajo el nombre de “teoría de la miseria creciente”, ha sido sometida a ataques constantes por parte de los reformistas y socialdemócratas, especialmente durante el período de 1896 a 1914, cuando el capitalismo se desarrolló rápidamente e hizo ciertas concesiones a los trabajadores, especialmente a su estrato superior. Después de la Guerra Mundial, cuando la burguesía, asustada por sus propios crímenes y espantada por la Revolución de Octubre, tomó el camino de las reformas sociales anunciadas, cuyo efecto fue anulado inmediatamente por la inflación y la desocupación, la teoría de la transformación progresiva de la sociedad capitalista apareció completamente asegurada ante los ojos de los reformistas y de los profesores burgueses. “El poder adquisitivo del trabajo asalariado -nos aseguró Sombart en 1928- ha crecido en proporción directa a la expansión de la producción capitalista.”


En realidad, la contradicción económica entre el proletariado y la burguesía fue agravada durante los períodos más prósperos del desarrollo capitalista, cuando el ascenso del nivel de vida de cierta capa de trabajadores, bastante extendido por momentos, ocultaba la disminución de la participación del proletariado en la renta nacional. De este modo, precisamente antes de caer en la postración, la producción industrial de Estados Unidos, por ejemplo, aumentó en un 50% entre 1920 y 1930, mientras que la suma pagada por salarios aumentó únicamente en un 30%, lo que significa una tremenda disminución de la participación de los trabajadores en la renta nacional. En 1930 se inició un terrible aumento de la desocupación, y en 1933 una ayuda más o menos sistemática a los desocupados, quienes recibieron en forma de subsidio apenas más de la mitad de lo que habían perdido en salarios.


La ilusión del progreso “ininterrumpido” de todas las clases se ha desvanecido sin dejar rastro. La declinación relativa del nivel de vida de las masas ha dado lugar a una declinación absoluta. Los trabajadores comienzan por economizar en sus modestas diversiones, luego en sus vestidos y finalmente en sus alimentos. Los artículos y productos de calidad media han sido sustituidos por los de calidad mediocre y los de calidad mediocre por los de calidad francamente mala. Los sindicatos comenzaron a parecerse al hombre que se aferra desesperadamente al pasamanos mientras desciende vertiginosamente en un ascensor.


Con el 6% de la población mundial, Estados Unidos posee el 40% de la riqueza mundial. Sin embargo, un tercio de la nación, como lo admite el propio Roosevelt, está subalimentada, mal vestido y vive en condiciones indignas para el hombre. ¿Qué se podría decir, pues, de los países mucho menos privilegiados? La historia del mundo capitalista desde la última guerra confirma de una manera irrefutable la llamada “teoría de la miseria creciente”.

El régimen fascista, el cual reduce simplemente al máximo los límites de la decadencia y de la reacción inherentes a todo capitalismo imperialista, se hizo indispensable cuando la degeneración del capitalismo hizo desaparecer toda posibilidad de mantener ilusiones con respecto a la elevación del nivel de vida del proletariado. La dictadura fascista significa el abierto reconocimiento de la tendencia al empobrecimiento, que todavía tratan de ocultar las democracias imperialistas más ricas. Mussolini y Hitler persiguen al marxismo con tanto odio precisamente porque su propio régimen es la confirmación más horrible de los pronósticos marxistas. El mundo civilizado se indignó, o pretendió indignarse, cuando Göering, con el tono de verdugo y de bufón que le es peculiar, declaró que los cañones son más importantes que la manteca, o cuando Cagliostro-Casanova-Mussolini advirtió a los trabajadores de Italia que debían apretarse los cinturones de sus camisas negras. ¿Pero acaso no ocurre substancialmente lo mismo en las democracias imperialistas? En todas partes se utiliza la manteca para engrasar los cañones. Los trabajadores de Francia, Inglaterra y Estados Unidos aprenden a estrechar sus cinturones sin tener camisas negras.


Capítulo 10: El ejército de reserva y la nueva subclase de los desocupados

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El ejército de reserva industrial forma parte indispensable del mecanismo social del capitalismo, tanto como la reserva de máquinas y de materias primas en las fábricas o como el stock de productos manufacturados en los almacenes. Ni la expansión general de la producción ni la adaptación a los flujos y reflujos del ciclo industrial serían posibles sin una reserva de fuerza de trabajo.


De la tendencia general de desarrollo del capitalismo -el aumento del capital constante (máquinas y materias primas) en detrimento del capital variable (fuerza de trabajo)- Marx saca la siguiente conclusión: “Cuanto mayor es la riqueza social, y mayor es la masa de sobrepoblación consolidada [...] tanto mayor es el ejército industrial de reserva, tanto mayor es la pauperización oficial. Esta es la ley general absoluta de la acumulación capitalista”. Esta tesis, unida indisolublemente con la “teoría de la miseria creciente” y denunciada durante muchos años como “exagerada”, “tendenciosa” y “demagógica”, se ha convertido ahora en la imagen teórica irreprochable de la realidad.


El actual ejército de desocupados ya no puede ser considerado como un “ejército de reserva”, pues su masa fundamental no puede tener ya esperanza alguna de volver a encontrar trabajo; por el contrario, está destinado a ser engrosado con una afluencia constante de nuevos desocupados. La desintegración del capitalismo ha traído consigo toda una generación de jóvenes que nunca han tenido un empleo y que no tienen esperanza alguna de conseguirlo. Esta nueva subclase entre el proletariado y el semiproletariado está obligada a vivir a expensas de la sociedad.


Se ha calculado que en el curso de nueve años (1930-1938) la desocupación ha privado a la economía de Estados Unidos de más de 43 millones de años de trabajo humano. Si se considera que en 1929, en la cima de la prosperidad, había dos millones de desocupados en Estados Unidos y que durante esos nueve años el número de trabajadores potenciales ha aumentado hasta cinco millones, el número total de años de trabajo humano perdido ha tenido que multiplicarse. Un régimen social afectado por semejante plaga se halla enfermo de muerte. La diagnosis exacta de esa enfermedad fue hecha hace cerca de ochenta años, cuando la enfermedad misma no era más que un germen.


Capítulo 11: La decadencia de las clases medias

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Las cifras que demuestran la concentración del capital indican al mismo tiempo que la gravitación específica de la clase media en la producción y su participación en la renta nacional han ido decayendo constantemente, en tanto que las pequeñas empresas han sido, o bien completamente absorbidas o degradadas y desprovistas de su independencia, convirtiéndose en un mero símbolo de un trabajo insoportable y de una miseria desesperada. Al mismo tiempo, es cierto, el desarrollo del capitalismo ha estimulado considerablemente un aumento en el ejército de técnicos, gerentes, empleados, médicos: en una palabra, la llamada “nueva clase media”. Pero ese estrato, cuyo aumento no tenía ya misterios para Marx, tiene poco que ver con la vieja clase media, que en la propiedad de sus medios de producción tenía una garantía tangible de independencia económica. La “nueva clase media” depende más directamente de los capitalistas que los obreros. En efecto, estos están en gran medida bajo la dominación de esta clase; además dentro de esta nueva clase media, se ha verificado una sobreproducción considerable con su correspondiente consecuencia: la degradación social.


“La información estadística segura -afirma una persona tan alejada del marxismo como el ya citado Mr. Homer S. Cummings- demuestra que muchas unidades industriales han desaparecido completamente y que lo que ha ocurrido es una eliminación progresiva de los pequeños empresarios como un factor en la vida norteamericana”. Pero según objeta Sombart, “la concentración general, a pesar de la desaparición de la clase de artesanos y campesinos” no se ha producido todavía. Como todo teórico, Marx comenzó por aislar las tendencias fundamentales en sus formas más puras; de otro modo hubiera sido completamente imposible comprender el destino de la sociedad capitalista. Marx era, sin embargo, perfectamente capaz de examinar el fenómeno de la vida a la luz del análisis concreto, como un producto de la concatenación de diversos factores históricos. Las leyes de Newton no han sido invalidadas por el hecho de que la velocidad en la caída de los cuerpos varía bajo condiciones diferentes o de que las órbitas de los planetas están sujetas a perturbaciones.


Para comprender la llamada “tenacidad” de las clases medias es bueno recordar que las dos tendencias -la ruina de las clases medias y la proletarización de esas clases arruinadas-, no se producen al mismo paso ni con los mismos límites. De la creciente preponderancia de la máquina sobre la fuerza de trabajo resulta que cuanto más avanza la ruina de las clases medias tanto más aventaja al proceso de su proletarización; en realidad, en cierto momento este último puede cesar completamente e incluso retroceder.


Así como la acción de las leyes fisiológicas produce resultados diferentes en un organismo en crecimiento que en uno en decadencia, así también las leyes económicas de la economía marxista actúan de manera distinta en un capitalismo en desarrollo que en un capitalismo en desintegración. Esta diferencia aparece con especial claridad en las relaciones mutuas entre la ciudad y el campo. La población rural de Estados Unidos, que crece comparativamente a una velocidad menor que el total de la población, siguió creciendo en cifras absolutas hasta 1910, fecha en que llegó a más de 32 millones. Durante los veinte años siguientes, a pesar del rápido aumento de la población total del campo, bajó a 30,4 millones, es decir, 1,6 millones. Pero en 1935 se elevó otra vez a 32,8 millones, con un aumento de 2,4 millones. Esta inversión de la tendencia, sorprendente a primera vista, no refuta en lo más mínimo la tendencia de la población urbana a crecer a expensas de la población rural, ni la tendencia de las clases medias a atomizarse, mientras que al mismo tiempo demuestra de la manera más categórica la desintegración del sistema capitalista en su conjunto. El aumento de la población rural durante el período de crisis aguda de 1930-1935 se explica sencillamente por el hecho de que poco menos que dos millones de pobladores urbanos, o, hablando con más exactitud, 2 millones de desocupados hambrientos, se refugiaron en el campo, en tierras abandonadas por los labradores o en granjas de sus parientes y amigos, con objeto de emplear su fuerza de trabajo, rechazada por la sociedad, en la economía natural productiva y poder vivir una existencia menos miserable en vez de morirse totalmente de hambre.


No se trata, entonces, de una cuestión de estabilidad de los granjeros, artesanos y comerciantes, sino más bien de la abyecta miseria de su situación. Lejos de constituir una garantía para el futuro, la clase media es una reliquia infortunada y trágica del pasado. Incapaz de suprimirla por completo, el capitalismo la ha reducido al mayor grado de degradación y de miseria. Al granjero se le niega no solamente la renta que se le debe por su lote de terreno y la ganancia del capital que ha invertido en él, sino también una buena porción de su salario. De la misma manera, la pobre gente que reside en la ciudad gasta poco a poco sus reservas y zozobra en una existencia que vale poco más que la muerte. La clase media no se proletariza únicamente porque se pauperiza. A este respecto es tan difícil encontrar un argumento contra Marx como en favor del capitalismo.


Capítulo 12: La crisis industrial

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El final del siglo pasado y el comienzo del presente siglo se han caracterizado por un progreso tan abrumador del capitalismo, que las crisis cíclicas parecían no ser más que molestias “accidentales”. Durante los años de optimismo capitalista casi universal los críticos de Marx nos aseguraban que el desarrollo nacional e internacional de los “trusts”, sindicatos y carteles introducía en el mercado una organización bien planeada y presagiaba el triunfo final sobre las crisis. Según Sombart, las crisis habían sido ya “abolidas” antes de la guerra por el mecanismo del propio capitalismo, de tal modo que “el problema de las crisis nos deja hoy día virtualmente indiferentes”. Ahora, solamente diez años más tarde, esas palabras suenan a burla, porque el pronóstico de Marx se nos aparece hoy en día en toda la medida de su trágica fuerza.


Es notable que la prensa capitalista, que pretende negar como puede la existencia misma de los monopolios, recurra a esos mismos monopolios para negar como puede la anarquía capitalista. Si sesenta familias dirigen la vida económica de Estados Unidos, The New York Times observa irónicamente: “Esto demostraría que el capitalismo norteamericano, lejos de ser anárquico y sin plan alguno, se halla organizado con gran precisión”. Este argumento yerra el blanco. El capitalismo ha sido incapaz de desarrollar una sola de sus tendencias hasta el fin. Así como la concentración de la riqueza no suprime a la clase media, así tampoco el monopolio suprime a la competencia, sólo la ahoga y la contiene. Ni el “plan” de cada una de las sesenta familias ni las diversas variantes de esos planes se hallan interesados en lo más mínimo en la coordinación de las diferentes ramas de la economía, sino más bien en el aumento de los beneficios de su camarilla monopolista a expensas de otras camarillas y a expensas de toda la nación. En último término, el choque de semejantes planes no hace más que profundizar la anarquía en la economía nacional.


La crisis de 1929 estalló en Estados Unidos un año después de haber declarado Sombart la completa indiferencia de su “ciencia” con respecto al problema de la crisis. Desde la cumbre de una prosperidad sin precedentes, la economía de Estados Unidos fue lanzada al abismo de una postración monstruosa. Nadie podía haber concebido en la época de Marx convulsiones de tal magnitud. La renta nacional de Estados Unidos se había elevado por primera vez en 1920 a 69 mil millones de dólares para caer al año siguiente a 50 mil millones de dólares (un descenso del 27%). Como consecuencia de la prosperidad de los años siguientes, la renta nacional se elevó de nuevo, en 1929, a su punto máximo de 81 mil millones de dólares, para descender en 1932 a 40 mil millones de dólares, es decir, ¡a menos de la mitad! Durante los nueve años de 1930 a 1938 se perdieron aproximadamente 43 millones de años de trabajo humano y 133 mil millones de dólares de la renta nacional, teniendo en cuenta el trabajo y la renta de 1929. Si todo esto no es anarquía, ¿cuál puede ser el significado de esta palabra?


Capítulo13: La teoría del colapso

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La inteligencia y el corazón de los intelectuales de la clase media y de los burócratas de los sindicatos estuvieron casi completamente dominados por las hazañas logradas por el capitalismo entre la época de la muerte de Marx y el comienzo de la Guerra Mundial. La idea del progreso gradual (evolución) parecía haberse asegurado para siempre, en tanto que la idea de revolución era considerada como una mera reliquia de la barbarie. Al pronóstico de Marx se oponía el pronóstico cualitativamente contrario sobre la distribución mejor equilibrada de la renta nacional con la suavización de las contradicciones de clase, y con la reforma gradual de la sociedad capitalista. Jean Jaurès, el mejor dotado de los socialdemócratas de esa época clásica, esperaba llenar gradualmente la democracia política con un contenido social. En eso reside la esencia del reformismo. Tal era la predicción opuesta a la de Marx ¿Qué queda de ella?


La vida del capitalismo monopolista de nuestra época es una cadena de crisis. Cada una de las crisis es una catástrofe. La necesidad de salvarse de esas catástrofes parciales por medio de murallas aduaneras, de la inflación, del aumento de los gastos gubernamentales y de las deudas prepara el terreno para otras crisis más profundas y más extensas. La lucha por conseguir mercados, materias primas y colonias hace inevitables las catástrofes militares. Y todo ello prepara ineludiblemente las catástrofes revolucionarias. Ciertamente no es fácil convenir con Sombart en que el capitalismo actuante se hace cada vez más “tranquilo, sosegado y razonable”. Sería más acertado decir que está perdiendo sus últimos vestigios de razón. En cualquier caso no hay duda que la “teoría del colapso” ha triunfado sobre la teoría del desarrollo pacífico.


Capítulo14: La decadencia del capitalismo

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Si bien el control de la producción por el mercado ha costado caro a la sociedad, no es menos cierto que la humanidad, hasta cierta etapa, aproximadamente hasta la Guerra Mundial, creció, se desarrolló y se enriqueció a través de las crisis parciales y generales. La propiedad privada de los medios de producción era en esa época un factor relativamente progresista. Pero hoy el dominio ciego de la ley del valor se niega a prestar más servicios. El progreso humano se ha detenido en un callejón sin salida. A pesar de los últimos triunfos del pensamiento técnico, las fuerzas productivas naturales ya no aumentan. El síntoma más claro de la decadencia es el estancamiento mundial de la industria de la construcción, como consecuencia de la paralización de nuevas inversiones en las ramas fundamentales de la economía. Los capitalistas ya no son capaces de creer en el futuro de su propio sistema. Las construcciones estimuladas por el gobierno significan un aumento en los impuestos y la contracción de la renta nacional “sin trabas”, especialmente desde que la parte principal de las nuevas construcciones del gobierno está destinada directamente a objetivos bélicos.


El marasmo ha adquirido un carácter particularmente degradante en la esfera más antigua de la actividad humana, en la más estrechamente relacionada con las necesidades vitales del hombre: la agricultura. No satisfechos ya con los obstáculos que la propiedad privada, en su forma más reaccionaria, la de los pequeños terratenientes, opone al desarrollo de la agricultura, los gobiernos capitalistas se ven obligados con frecuencia a limitar la producción artificialmente con la ayuda de medidas legislativas y administrativas que hubieran asustado a los artesanos de los gremios en la época de su decadencia.


La historia dará cuenta de que los gobiernos de los países capitalistas más poderosos concedieron premios a los agricultores para que redujeran sus plantaciones, es decir, para disminuir artificialmente la renta nacional ya en disminución. Los resultados son evidentes por sí mismos: a pesar de las grandiosas posibilidades de producción, frutos de la experiencia y la ciencia, la economía agraria no sale de una crisis putrescente, mientras que el número de hambrientos, la mayor parte de la humanidad, sigue creciendo con mayor rapidez que la población de nuestro planeta. Los conservadores consideran como una política sensible, humanitaria, la defensa de un orden social que ha caído en una locura tan destructiva y condenan la lucha del socialismo contra semejante locura como una utopía destructiva.


Capítulo15: El fascismo y el New Deal

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Actualmente hay dos sistemas que rivalizan en el mundo para salvar al capital históricamente condenado a muerte: son el Fascismo y el New Deal (Nuevo Pacto). El fascismo basa su programa en la disolución de las organizaciones obreras, en la destrucción de las reformas sociales y en el aniquilamiento completo de los derechos democráticos, con el objeto de prevenir el renacimiento de la lucha de clases del proletariado. El Estado fascista legaliza oficialmente la degradación de los trabajadores y la depauperización de las clases medias en nombre de la salvación de la “nación” y de la “raza”, nombres presuntuosos bajo los que se oculta al capitalismo en decadencia.


La política del New Deal, que trata de salvar a la democracia imperialista por medio de regalos a la aristocracia obrera y campesina sólo es accesible en su gran amplitud a las naciones verdaderamente ricas, y en tal sentido es una política norteamericana por excelencia. El gobierno norteamericano ha tratado de obtener una parte de los gastos de esa política de los bolsillos de los monopolistas, exhortándoles a aumentar los salarios y a disminuir la jornada de trabajo para aumentar así el poder adquisitivo de la población y para extender la producción. Léon Blum intentó trasladar ese sermón a Francia, pero en vano. El capitalista francés, como el norteamericano, no produce por amor a la producción, sino para obtener ganancia. Se halla siempre dispuesto a limitar la producción, e inclusive a destruir los productos manufacturados, si como consecuencia de ello aumenta su parte en la renta nacional.


El programa del New Deal muestra su mayor inconsistencia en el hecho de que mientras predica sermones a los magnates del capital sobre las ventajas de la abundancia sobre la escasez, el gobierno concede premios para reducir la producción. ¿Es posible una confusión mayor? El gobierno refuta a sus críticos con este desafío: ¿Podéis hacerlo mejor? Todo esto significa que en la base del capitalismo la situación es desesperada.

Desde 1933, es decir, en el curso de los últimos seis años, el gobierno federal, los diversos Estados y las municipalidades de Estados Unidos han entregado a los desocupados cerca de 15 millones de dólares como ayuda -cantidad completamente insuficiente por sí misma y que sólo representa una pequeña parte de la pérdida de salarios, pero al mismo tiempo, teniendo en cuenta la renta nacional en decadencia, una cantidad colosal-. Durante 1938, que fue un año de relativa reactivación económica, la deuda nacional de Estados Unidos aumentó en 2 mil millones de dólares y como ya ascendía a 38 mil millones de dólares, superó en 12 mil millones de dólares al punto alcanzado a fines de la guerra mundial.


En 1939 superó muy pronto los 40 mil millones de dólares. ¿Y entonces, qué? El crecimiento de la deuda nacional es, por supuesto, una carga para la posteridad. Pero el mismo New Deal sólo fue posible gracias a la tremenda riqueza acumulada por las generaciones precedentes. Únicamente una nación muy rica puede llevar a cabo una política económica tan extravagante. Pero ni siquiera esa nación puede seguir viviendo indefinidamente a expensas de las generaciones anteriores. La política del New Deal, con sus resultados ficticios y su aumento real de la deuda nacional, tiene que culminar necesariamente en una feroz reacción capitalista y en una explosión devastadora del imperialismo. En otras palabras, conduce a los mismos resultados que la política del fascismo.


Capítulo16: ¿Anomalía o Norma?

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El secretario del Interior de Estados Unidos, Mr. Harold L. Ickes, considera como “una de las más extrañas anomalías en toda la historia” que Estados Unidos, democrático en la forma, sea autocrático en sustancia: “América, la tierra de la mayoría fue dirigida, por lo menos hasta 1933 (!) por los monopolios, que a su vez son dirigidos por un pequeño número de accionistas”. La diagnosis es correcta, con la excepción de la insinuación de que con el advenimiento de Roosevelt ha cesado o se ha debilitado el gobierno del monopolio. Sin embargo, lo que Ickes llama “una de las más extrañas anomalías de la historia” es en realidad la norma incuestionable del capitalismo. La dominación del débil por el fuerte, de la mayoría por la minoría, de los trabajadores por los explotadores es una ley básica de la democracia burguesa. Lo que distingue a Estados Unidos de los otros países es simplemente el mayor alcance y la mayor perversidad de las contradicciones de su capitalismo. La carencia de un pasado feudal, la riqueza de recursos naturales, un pueblo enérgico y emprendedor, todos los prerrequisitos que auguraban un desarrollo ininterrumpido de la democracia, han traído como consecuencia una concentración fantástica de la riqueza.


Con la promesa de emprender la lucha contra los monopolios hasta triunfar sobre ellos, Ickes toma como prueba a Thomas Jefferson, Andrew Jackson, Abraham Lincoln, Theodore Roosevelt y Woodrow Wilson como predecesores de Franklin D. Roosevelt. “Prácticamente todas nuestras más grandes figuras históricas -dijo el 30 de diciembre de 1937- son famosas por su lucha persistente y animosa para impedir la superconcentración de la riqueza y del poder en unas pocas manos”. Pero de sus mismas palabras se deduce que el fruto de esa “lucha persistente y animosa” es el dominio completo de la democracia por la plutocracia.


Por alguna razón inexplicable Ickes piensa que la victoria está asegurada en la actualidad con tal que el pueblo comprenda que la lucha no es “entre el New Deal y el promedio de los hombres cultos de negocios, sino entre el New Deal y los Borbones de las sesenta familias que han mantenido al resto de los hombres de negocios bajo el terror de su dominio”, en desmedro de la democracia y de los esfuerzos de las “más célebres figuras históricas”. Los Rockefeller, los Morgan, los Mellon, los Vanderbilt, los Guggenheim, los Ford y compañía no invadieron a Estados Unidos desde afuera, como Cortés invadió a México; nacieron orgánicamente del “pueblo”, o más precisamente de la clase de los “industriales y hombres de negocios cultos”, y representan hoy, de acuerdo con el pronóstico de Marx, el apogeo natural del capitalismo. Si una democracia joven y fuerte en el apogeo de su vitalidad fue incapaz de contener la concentración de la riqueza cuando el proceso se hallaba todavía en su comienzo, es imposible creer ni siquiera por un minuto que una democracia en decadencia sea capaz de debilitar los antagonismos de clase que han llegado a su límite máximo. De cualquier modo, la experiencia del New Deal no da pie para semejante optimismo. Al refutar las acusaciones de la industria pesada contra el gobierno, Robert H. Jackson, alto personaje de los círculos de la administración, demostró con cifras que durante el gobierno de Roosevelt los beneficios de los magnates del capital alcanzaron alturas con las que ellos mismos habían dejado de soñar durante el último período de la presidencia de Hoover, de lo cual se deduce en todo caso que la lucha de Roosevelt contra los monopolios no ha sido coronada con un éxito mayor que la de todos sus predecesores.


Capítulo17: El retorno del pasado

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No se puede menos que estar de acuerdo con el profesor Lewis W. Douglas, el primer Director de Presupuestos en la administración de Roosevelt, cuando condena al gobierno por “atacar” el monopolio en un campo mientras fomenta el monopolio en otros muchos. Sin embargo, en la realidad, no puede ser de otra manera. Según Marx, el gobierno es el comité ejecutivo de la clase gobernante. Ningún gobierno se halla en situación de luchar contra el monopolio en general, es decir, contra la clase en cuyo nombre gobierna. Mientras ataca a algunos monopolios se halla obligado a buscar un aliado en otros monopolios. Unido con los bancos y con la industria ligera puede descargar golpes contra los “trusts” de la industria pesada, los cuales no dejan de cosechar por ese motivo beneficios fantásticos.


Lewis Douglas no contrapone la ciencia a la charlatanería oficial, sino simplemente otra clase de charlatanería. Ve la fuente del monopolio no en el capitalismo sino en el proteccionismo y, de acuerdo con eso, descubre la salvación de la sociedad no en la abolición de la propiedad privada de los medios de producción, sino en la rebaja de los derechos de aduana. “A menos que se restaure la libertad de los mercados -predice- es difícil que la libertad de todas las instituciones -empresas, libertad de palabra, educación, religión- pueda sobrevivir.” En otras palabras, sin el restablecimiento de la libertad del comercio internacional, la democracia dondequiera y en cualquier extensión que haya sobrevivido, debe ceder a una dictadura revolucionaria o fascista. Pero la libertad del comercio internacional es inconcebible sin la dominación del monopolio. Por desgracia, Mr. Douglas, lo mismo que Mr. Ickes, lo mismo que Mr. Jackson, lo mismo que Mr. Cummings, y lo mismo que el propio Roosevelt, no se ha molestado en indicarnos su propia medicina contra el capitalismo monopolista y en consecuencia contra una revolución o un régimen totalitario.


La libertad de comercio, como la libertad de competencia, como la prosperidad de la clase media, pertenecen irrevocablemente al pasado. Conducirnos al pasado es ahora la única medicina de los reformadores democráticos del capitalismo: dar más “libertad” a pequeños y medianos industriales y hombres de negocios, cambiar en su favor el sistema de créditos y de moneda, liberar al mercado del dominio de los “trusts”, eliminar a los especuladores profesionales de la Bolsa, restaurar la libertad del comercio internacional, y así hasta el infinito. Los reformadores sueñan incluso con limitar el uso de las máquinas y decretar la proscripción de la técnica, que perturba el equilibrio social y causa muchas preocupaciones.


Capítulo18: Los científicos y el marxismo

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Hablando en defensa de la ciencia el 7 de diciembre de 1937 el doctor Robert A. Millikan, uno de los principales físicos norteamericanos, observó: “Las estadísticas de Estados Unidos demuestran que el porcentaje de la población que trabaja lucrativamente ha aumentado constantemente durante los últimos cincuenta años, en los que la ciencia ha sido aplicada más rápidamente”. Esta defensa del capitalismo bajo la apariencia de defender a la ciencia no puede llamarse afortunada. Precisamente durante el último medio siglo es cuando la correlación entre la economía y la técnica se ha alterado agudamente. El período a que se refiere Millikan incluye el comienzo de la declinación capitalista así como la cima de la prosperidad capitalista. Ocultar el comienzo de esa declinación, que es mundial, es proceder como un apologista del capitalismo. Rechazando el socialismo de una manera descarada con la ayuda de argumentos que apenas harían honor a Henry Ford, el doctor Millikan nos dice que ningún sistema de distribución puede satisfacer las necesidades del hombre sin elevar el nivel de la producción. ¡Indudablemente! Pero es una lástima que el famoso físico no explique a los millones de norteamericanos desocupados cómo podrían participar en el aumento de la renta nacional. Los sermones sobre la gracia milagrosa de la iniciativa individual y la alta productividad del trabajo, no podrán seguramente proporcionar empleos a los desocupados, no cubrirán el déficit del presupuesto, no sacarán la economía nacional del impasse.


Lo que distingue a Marx es la universalidad de su genio, su capacidad para comprender los fenómenos y los procesos de los diversos campos en su relación inherente. Sin ser un especialista en las ciencias naturales, fue uno de los primeros en apreciar la importancia de los grandes descubrimientos en ese terreno: por ejemplo, la teoría del darwinismo. Marx estaba seguro de esa preeminencia no tanto en virtud de su intelecto sino en virtud de su método. Los científicos de mentalidad burguesa pueden pensar que se hallan por encima del socialismo, pero el caso de Robert Millikan no es sino uno de los muchos que confirman que en la esfera de la sociología sigue habiendo charlatanes incurables.


Capítulo19: Las posibilidades de producción y la propiedad privada

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En su mensaje al Congreso a comienzos de 1937, el presidente Roosevelt expresó su deseo de aumentar la renta nacional a 90 o 100 mil millones de dólares, sin indicar, sin embargo, cómo lograrlo. Por sí mismo, ese programa era excesivamente modesto. En 1929, cuando había aproximadamente 2 millones de desocupados, la renta nacional alcanzó a 81 mil millones de dólares. Poniendo en movimiento las actuales fuerzas productivas, bastaría no sólo para realizar el programa de Roosevelt, sino para superarlo considerablemente. Las máquinas, las materias primas, los trabajadores, todo es aprovechable, para no mencionar las necesidades de la población. Si a pesar de ello el plan es irrealizable -y lo es- la única razón es el conflicto irreconciliable que se ha desarrollado entre la propiedad capitalista y la necesidad social de una producción creciente.


El famoso Control Nacional de la Capacidad Productiva, patrocinado por el gobierno, llegó a la conclusión de que el costo total de la producción y de los servicios se elevaba en 1929 a casi 94 mil millones de dólares, calculados sobre la base de los precios al por menor. No obstante, si fuesen utilizadas todas las verdaderas posibilidades productivas, esa cifra se hubiera elevado a 135 mil millones de dólares, es decir, que hubieran correspondido 4.370 dólares anuales a cada familia, lo suficiente para asegurar una vida decente y cómoda. Hay que agregar que los cálculos del Control Nacional están basados en la actual organización productiva de Estados Unidos tal como la historia anárquica del capitalismo lo ha hecho. Si el propio equipo de trabajo fuese reorganizado sobre la base de un plan socialista unificado, los cálculos sobre la producción podrían ser superados considerablemente y se podría asegurar a todo el pueblo un nivel de vida alto y cómodo, basado en una jornada de trabajo extremadamente corta.


En consecuencia, para salvar a la sociedad no es necesario detener el desarrollo de la técnica, cerrar las fábricas, conceder premios a los agricultores para que saboteen a la agricultura, transformar a un tercio de los trabajadores en mendigos, ni llamar a los maníacos para que hagan de dictadores. Ninguna de estas medidas, que constituyen una burla horrible para los intereses de la sociedad, es necesaria. Lo que es indispensable y urgente es separar los medios de producción de sus actuales propietarios parásitos y organizar la sociedad de acuerdo con un plan racional. Entonces será realmente posible por primera vez curar a la sociedad de sus males. Todos los que sean capaces de trabajar deben encontrar un empleo. La jornada de trabajo debe disminuir gradualmente. Las necesidades de todos los miembros de la sociedad encontrarán la posibilidad de una satisfacción creciente. Las palabras “pobreza”, “crisis”, “explotación”, saldrán de circulación. La humanidad podrá cruzar finalmente el umbral de la verdadera humanidad.


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