Capítulo19: Las posibilidades de producción y la propiedad privada

Posted by SOCIALISMO REVOLUCIONARIO On lunes, 25 de agosto de 2008 0 comentarios


En su mensaje al Congreso a comienzos de 1937, el presidente Roosevelt expresó su deseo de aumentar la renta nacional a 90 o 100 mil millones de dólares, sin indicar, sin embargo, cómo lograrlo. Por sí mismo, ese programa era excesivamente modesto. En 1929, cuando había aproximadamente 2 millones de desocupados, la renta nacional alcanzó a 81 mil millones de dólares. Poniendo en movimiento las actuales fuerzas productivas, bastaría no sólo para realizar el programa de Roosevelt, sino para superarlo considerablemente. Las máquinas, las materias primas, los trabajadores, todo es aprovechable, para no mencionar las necesidades de la población. Si a pesar de ello el plan es irrealizable -y lo es- la única razón es el conflicto irreconciliable que se ha desarrollado entre la propiedad capitalista y la necesidad social de una producción creciente.


El famoso Control Nacional de la Capacidad Productiva, patrocinado por el gobierno, llegó a la conclusión de que el costo total de la producción y de los servicios se elevaba en 1929 a casi 94 mil millones de dólares, calculados sobre la base de los precios al por menor. No obstante, si fuesen utilizadas todas las verdaderas posibilidades productivas, esa cifra se hubiera elevado a 135 mil millones de dólares, es decir, que hubieran correspondido 4.370 dólares anuales a cada familia, lo suficiente para asegurar una vida decente y cómoda. Hay que agregar que los cálculos del Control Nacional están basados en la actual organización productiva de Estados Unidos tal como la historia anárquica del capitalismo lo ha hecho. Si el propio equipo de trabajo fuese reorganizado sobre la base de un plan socialista unificado, los cálculos sobre la producción podrían ser superados considerablemente y se podría asegurar a todo el pueblo un nivel de vida alto y cómodo, basado en una jornada de trabajo extremadamente corta.


En consecuencia, para salvar a la sociedad no es necesario detener el desarrollo de la técnica, cerrar las fábricas, conceder premios a los agricultores para que saboteen a la agricultura, transformar a un tercio de los trabajadores en mendigos, ni llamar a los maníacos para que hagan de dictadores. Ninguna de estas medidas, que constituyen una burla horrible para los intereses de la sociedad, es necesaria. Lo que es indispensable y urgente es separar los medios de producción de sus actuales propietarios parásitos y organizar la sociedad de acuerdo con un plan racional. Entonces será realmente posible por primera vez curar a la sociedad de sus males. Todos los que sean capaces de trabajar deben encontrar un empleo. La jornada de trabajo debe disminuir gradualmente. Las necesidades de todos los miembros de la sociedad encontrarán la posibilidad de una satisfacción creciente. Las palabras “pobreza”, “crisis”, “explotación”, saldrán de circulación. La humanidad podrá cruzar finalmente el umbral de la verdadera humanidad.


Capítulo 20: La inevitabilidad del socialismo

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“Al mismo tiempo que disminuye constantemente el número de los magnates del capital -dice Marx- crecen la masa de la miseria, la opresión, la esclavitud, la degradación, la explotación: pero con ello crece también la revuelta de la clase trabajadora, clase que aumenta siempre en número, disciplinada, unida, organizada por el mismo mecanismo del proceso de la producción capitalista... La centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo alcanzan finalmente un punto en que se hacen incompatibles con su integumento capitalista. Este integumento es roto en pedazos. Suena el toque de difuntos de la propiedad privada capitalista. Los expropiadores son expropiados.” Esta es la revolución socialista. Para Marx, el problema de reconstruir la sociedad no surgía de prescripción alguna motivada por sus predilecciones personales; era una consecuencia, como una necesidad histórica rigurosa, de la creciente madurez de las fuerzas productivas por un lado; de la ulterior imposibilidad de fomentar esas fuerzas a merced de la ley del valor por otro lado.


Las elucubraciones de ciertos intelectuales según los cuales, en desmedro de la teoría de Marx, el socialismo no es inevitable sino únicamente posible, están desprovistas de todo contenido. Evidentemente, Marx no quiso decir que el socialismo se realizaría sin la intervención de la voluntad y la acción del hombre: semejante idea es sencillamente un absurdo. Marx predijo que la socialización de los medios de producción sería la única solución del colapso económico en el que debe culminar, inevitablemente, el desarrollo del capitalismo, colapso que tenemos ante nuestros ojos. Las fuerzas productivas necesitan un nuevo organizador y un nuevo amo, y dado que la existencia determina la conciencia, Marx no dudaba de que la clase trabajadora, a costa de errores y de derrotas, llegaría a comprender la verdadera situación y, tarde o temprano, sacaría las necesarias conclusiones prácticas.


Que la socialización de los medios de producción creados por los capitalistas representa un tremendo beneficio económico se puede demostrar hoy día no sólo teóricamente, sino también con el experimento de la URSS, a pesar de las limitaciones de ese experimento. Es verdad que los reaccionarios capitalistas, no sin artificio utilizan al régimen de Stalin como un espantajo contra las ideas socialistas. En realidad, Marx nunca dijo que el socialismo podría ser alcanzado en un solo país, y, además, en un país atrasado. Las continuas privaciones de las masas en la Unión Soviética, la omnipotencia de la casta privilegiada que se eleva por encima de la nación y su miseria y, finalmente la arbitraria arrogancia de los burócratas, no son consecuencias del método económico socialista, sino del aislamiento y del atraso histórico de la URSS cercada por los países capitalistas. Lo admirable es que en esas circunstancias excepcionalmente desfavorables, la economía planificada haya logrado demostrar sus insdiscutibles ventajas.


Todos los salvadores del capitalismo, tanto de la clase democrática como de la fascista, pretenden limitar, o por lo menos disimular, el poder de los magnates del capital para impedir “la expropiación de los expropiadores”. Todos ellos reconocen, y muchos de ellos lo admiten abiertamente, que el fracaso de sus tentativas reformistas debe llevar inevitablemente a la revolución socialista. Todos ellos han logrado demostrar que sus métodos para salvar al capitalismo no son más que charlatanería reaccionaria e impotente. El pronóstico de Marx sobre la inevitabilidad del socialismo es así confirmado por el absurdo.


La propaganda de la “tecnocracia”, que floreció en el período de la gran crisis de 1929-1932, se fundó en la premisa correcta de que la economía debe ser racionalizada únicamente por medio de la unión de la técnica en la cima de la ciencia y del gobierno al servicio de la sociedad.


Aquí es donde comienza la gran tarea revolucionaria. Para liberar a la técnica de la intriga de los intereses privados y colocar al gobierno al servicio de la sociedad es necesario “expropiar a los expropiadores”. Únicamente una clase poderosa, interesada en su propia liberación y opuesta a los expropiadores capitalistas es capaz de realizar esa tarea. Únicamente unida a un gobierno proletario podrá construir la clase calificada de los técnicos una economía verdaderamente científica y verdaderamente racional, es decir, una economía socialista.


Sería mejor alcanzar ese objetivo de una manera pacífica, gradual, democrática. Pero el orden social que se ha sobrevivido a sí mismo no cede nunca su puesto a su sucesor sin resistencia. Si en su época la democracia joven y fuerte demostró ser incapaz de impedir que la plutocracia se apoderase de la riqueza y del poder, ¿es posible esperar que una democracia senil y devastada se muestre capaz de transformar un orden social basado en el dominio ilimitado de sesenta familias? La teoría y la historia enseñan que la sustitución de un régimen social por otro, presupone la forma más alta de la lucha de clases, es decir, la revolución. Ni siquiera la esclavitud pudo ser abolida en Estados Unidos sin una guerra civil. “La fuerza es la partera de toda sociedad vieja preñada de una nueva.” Nadie ha sido capaz hasta ahora de refutar este principio básico de Marx en la sociología de la sociedad de clases. Solamente una revolución socialista puede abrir el camino hacia el socialismo.


Capítulo 21: El marxismo en Estados Unidos

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La república norteamericana ha ido más allá que otros países en la esfera de la técnica y de la organización de la producción. No es sólo América sino que es toda la humanidad la que se construirá sobre estos cimientos. Sin embargo, las diversas fases del proceso social en una y la misma nación tienen ritmos diversos que dependen de condiciones históricas especiales. Mientras Estados Unidos goza de una tremenda superioridad en la tecnología, su pensamiento económico se halla extremadamente atrasado tanto en la derecha como en la izquierda. John L. Lewis tiene casi los mismos objetivos que Franklin D. Roosevelt. Si tenemos en cuenta la naturaleza de su misión, la función social de Lewis es incomparablemente más conservadora, para no decir reaccionaria, que la de Roosevelt. En ciertos círculos norteamericanos hay una tendencia a repudiar ésta o aquélla teoría revolucionaria sin el menor asomo de crítica científica, con la simple declaración de que es “no americana”. ¿Pero dónde puede encontrarse el criterio que permita distinguir lo que es americano y lo que no lo es? El cristianismo fue importado en Estados Unidos al mismo tiempo que los logaritmos, la poesía de Shakespeare, las nociones de los derechos del hombre y del ciudadano y otros productos no sin importancia del pensamiento humano. El marxismo se halla hoy día en la misma categoría.

El Secretario de Agricultura norteamericana, Henry A. Wallace, imputó al autor de estas líneas “...una estrechez dogmática que es totalmente no americana” y contrapuso al dogmatismo ruso el espíritu oportunista de Jefferson, que sabía cómo arreglárselas con sus adversarios. Al parecer, nunca se le ha ocurrido a Mr. Wallace que una política de compromisos no es una función de algún espíritu nacional inmaterial, sino un producto de las condiciones materiales. Una nación que se ha hecho rica rápidamente tiene reservas suficientes para conciliar a las clases y a los partidos hostiles. Cuando, por el contrario, las contradicciones sociales se exacerban, la base de la política de compromisos desaparece. América estaba libre de “estrechez dogmática” únicamente porque tenía una gran abundancia de tierras vírgenes, fuentes de riqueza natural inagotables y según se ha podido ver, oportunidades ilimitadas para enriquecerse. Sin embargo, incluso en estas condiciones, el espíritu de compromiso no prevaleció en la Guerra Civil cuando sonó la hora para él. De todos modos, las condiciones materiales que constituyeron la base del “americanismo” pertenecen hoy cada vez más al pasado. De aquí se deriva la crisis profunda de la ideología americana tradicional.


El pensamiento empírico, limitado a la solución de las tareas inmediatas, pareció bastante adecuado tanto en los círculos obreros como en los burgueses durante todo el tiempo que la ley del valor de Marx reemplazó el pensamiento de cada uno. Pero hoy día esta ley produce efectos opuestos. En vez de impulsar a la economía hacia adelante, socava sus fundamentos. El pensamiento ecléctico conciliatorio, que mantiene una actitud desfavorable o desdeñosa con respecto al marxismo como un “dogma”, y con su apogeo filosófico, el pragmatismo, se hace completamente inadecuado, cada vez más insustancial, reaccionario y ridículo.


Por el contrario, son las ideas tradicionales del “americanismo” las que se han convertido en un dogma sin vida, petrificado, que no engendra más que errores y confusiones. Al mismo tiempo, la doctrina económica de Marx ha adquirido una viabilidad peculiar y especialmente en lo que respecta a Estados Unidos. Aunque El Capital se apoya en un material internacional, preponderantemente inglés en sus fundamentos teóricos, es un análisis del capitalismo puro, del capitalismo como tal. Indudablemente, el capitalismo que se ha desarrollado en las tierras vírgenes y sin historia de América es el que más se acerca a ese tipo ideal de capitalismo.


Salvo la presencia de Wallace, América se ha desarrollado económicamente no de acuerdo con los principios de Jefferson, sino de acuerdo con las leyes de Marx. Al reconocerlo se ofende tan poco al amor propio nacional como al reconocer que América da vueltas alrededor del sol de acuerdo con las leyes de Copérnico. El Capital ofrece una diagnosis exacta de la enfermedad y un pronóstico irreemplazable. En este sentido la teoría de Marx está mucho más impregnada del nuevo “americanismo” que las ideas de Hoover y Roosevelt, de Green y de Lewis.


Es cierto que hay una literatura original muy difundida en Estados Unidos, consagrada a la crisis de la economía americana. En cuanto esos economistas concienzudos ofrecen una descripción objetiva de las tendencias destructivas del capitalismo norteamericano, sus investigaciones, prescindiendo de sus premisas teóricas, parecen ilustraciones directas de las teorías de Marx. La tradición conservadora de estos autores se pone en evidencia, sin embargo, cuando se empeñan tercamente en no sacar conclusiones precisas, limitándose a tristes predicciones o a vulgaridades tan edificantes como “el país debe comprender”, “la opinión pública debe considerar seriamente”, etcétera. Esos libros se asemejan a un cuchillo sin hoja.


Es cierto que en el pasado hubo marxistas en Estados Unidos, pero eran de un extraño tipo de marxistas, o más bien de tres tipos extraños. En primer lugar se hallaba la casta de emigrados de Europa, que hicieron todo lo que pudieron, pero no encontraron eco; en segundo lugar, los grupos norteamericanos aislados, como el de los Deleonistas4, que en el curso de los acontecimientos y a consecuencia de sus propios errores, se convirtieron en sectas; en tercer lugar, los aficionados atraídos por la Revolución de Octubre y que simpatizaban con el marxismo como una teoría exótica que tenía muy poco que ver con Estados Unidos. Esta época ha pasado. Ahora amanece la nueva época de un movimiento de clase independiente a cargo del proletariado y al mismo tiempo de un marxismo verdadero. En esto también, Estados Unidos alcanzará en poco tiempo a Europa y la superará. La técnica progresista y la estructura social progresista preparan el camino en la esfera doctrinaria. Los mejores teóricos del marxismo aparecerán en suelo americano. Marx será el guía de los trabajadores norteamericanos avanzados. Para ellos esta exposición abreviada del primer volumen de El Capital constituirá solamente el paso inicial hacia el estudio completo de Marx.


Capítulo 22: El espejo ideal del capitalismo

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En la época en que se publicó el primer volumen de El Capital, la dominación mundial de la burguesía era aún indiscutible. Las leyes abstractas de la economía de mercado encontraron, naturalmente, su completa encarnación -es decir, la menor dependencia de las influencias del pasado- en el país en el que el capitalismo había alcanzado su mayor desarrollo. Al basar su análisis principalmente en Inglaterra, Marx tenía en vista no solamente a Inglaterra, sino a todo el mundo capitalista. Utilizó a la Inglaterra de su época como el mejor espejo del capitalismo de esta época.


Ahora sólo queda el recuerdo de la hegemonía británica. Las ventajas de la primogenitura capitalista se han convertido en desventajas. La estructura técnica y económica de Inglaterra se ha desgastado. El país sigue dependiendo en su posición mundial de su imperio colonial, herencia del pasado, más que de un potencial económico activo. Esto explica incidentalmente la caridad cristiana de Chamberlain* con respecto al gangsterismo internacional de los fascistas, que tanto ha sorprendido al mundo entero. La burguesía inglesa no puede dejar de reconocer que su decadencia económica se ha hecho completamente incompatible con su posición en el mundo y que una nueva guerra amenaza con el derrumbamiento del Imperio Británico. Esencialmente similar es la base económica del “pacifismo” francés.


Alemania, por el contrario, ha utilizado en su rápido ascenso capitalista las ventajas del atraso histórico, equipándose con la técnica más completa de Europa. Teniendo una base nacional estrecha e insuficiencia de recursos naturales, el dinamismo capitalista de Alemania, se ha transformado por necesidad en el factor más explosivo del llamado equilibrio de las potencias mundiales. La ideología epiléptica de Hitler no es más que el reflejo de la epilepsia del capitalismo alemán.


Además de las numerosas e invalorables ventajas de carácter histórico, el desarrollo de Estados Unidos gozó de la preeminencia de un territorio inmensamente grande y de una riqueza natural incomparablemente mayor que Alemania. Habiendo aventajado considerablemente a Gran Bretaña, la República norteamericana llegó a ser a comienzos del siglo actual la principal fortaleza de la burguesía mundial. Todas las potencialidades del capitalismo encontraron en ese país su más alta expresión. En parte alguna de nuestro planeta puede la burguesía realizar empresas superiores a las de la república del dólar, que se ha convertido en el siglo XX en el espejo más perfecto del capitalismo.


Por las mismas razones que tuvo Marx para basar su exposición en las estadísticas inglesas, nosotros hemos recurrido, en nuestra modesta introducción, a la experiencia económica y política de Estados Unidos. No es necesario decir que no sería difícil citar hechos y cifras análogos, tomándolos de la vida de cualquier otro país capitalista. Pero eso no añadiría nada esencial. Las conclusiones seguirían siendo las mismas y solamente los ejemplos serían menos sorprendentes.


La política del Frente Popular en Francia era, como señaló perspicazmente uno de sus financistas, una adaptación del New Deal “para liliputienses”. Es perfectamente evidente que en un análisis teórico es mucho más conveniente tratar con magnitudes ciclópeas que con magnitudes liliputienses. La misma inmensidad del experimento de Roosevelt nos demuestra que solamente un milagro puede salvar al sistema capitalista mundial. Pero sucede que el desarrollo de la producción capitalista ha terminado con la producción de milagros. Sin embargo, es evidente que si se pudiera producir el milagro del rejuvenecimiento del capitalismo, ese milagro sólo se podría producir en Estados Unidos. Pero ese rejuvenecimiento no se ha realizado. Lo que no pueden alcanzar los cíclopes, mucho menos pueden alcanzarlo los liliputienses. Asentar los fundamentos de esta sencilla conclusión es el objeto de nuestra excursión por el campo de la economía norteamericana.


Capítulo 23: Las metrópolis y las colonias

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“El país más desarrollado industrialmente -escribió Marx en el prefacio de la primera edición de El Capital- no hace más que mostrar a los de menor desarrollo la imagen de su propio futuro.” Este pensamiento no puede ser tomado literalmente en circunstancia alguna. El crecimiento de las fuerzas productivas y la profundización de las incompatibilidades sociales son indudablemente la suerte que les corresponde a todos los países que han tomado el camino de la evolución burguesa. Sin embargo, la desproporción en los “ritmos” y medidas que siempre se produce en la evolución de la humanidad, no solamente se hace especialmente aguda bajo el capitalismo, sino que da origen a la completa interdependencia de la subordinación, la explotación y la opresión entre los países de tipo económico diferente. Solamente una minoría de países ha realizado completamente esa evolución sistemática y lógica que parte del artesanado y llega a la fábrica, pasando por la manufactura, que Marx sometió a un análisis tan detallado. El capital comercial, industrial y financiero invadió desde el exterior a los países atrasados, destruyendo en parte las formas primitivas de la economía nativa y en parte sujetándolos al sistema industrial y banquero de Occidente. Bajo el látigo del imperialismo, las colonias se vieron obligadas a prescindir de las etapas intermedias, apoyándose al mismo tiempo artificialmente en un nivel o en otro. El desarrollo de la India no reprodujo el desarrollo de Inglaterra; lo completó. Sin embargo, para poder comprender el tipo combinado de desarrollo de los países atrasados y dependientes como la India es siempre necesario no olvidar el esquema clásico de Marx derivado del desarrollo de Inglaterra. La teoría obrera del valor guía igualmente los cálculos de los especuladores de la City de Londres y las transacciones monetarias en los rincones más remotos de Haiderabad, excepto que en el último caso adquiere formas más sencillas y menos astutas.


La desigualdad del desarrollo trajo consigo beneficios tremendos para los países avanzados, los cuales, aunque en grados diversos, siguieron desarrollándose a expensas de los atrasados, explotándolos, convirtiéndolos en colonias o, por lo menos, haciéndoles imposible figurar entre la aristocracia capitalista. Las fortunas de España, Holanda, Inglaterra, Francia, fueron obtenidas, no solamente con la plusvalía extraída de su propio proletariado, no solamente por el pillaje de su pequeña burguesía, sino también con el pillaje sistemático de sus posesiones de ultramar. La explotación de clases fue complementada y su potencialidad aumentada con la explotación de las naciones. La burguesía de las metrópolis ha sido capaz de asegurar una posición privilegiada para su propio proletariado, especialmente para las capas superiores, mediante el pago de algunos superbeneficios obtenidos con las colonias. Sin eso hubiera sido completamente imposible cualquier clase de régimen democrático estable. En su manifestación más desarrollada la democracia burguesa se hizo, y sigue siendo, una forma de gobierno accesible únicamente a las naciones más aristocráticas y más explotadoras. La antigua democracia se basaba en la esclavitud; la democracia imperialista se basa en la expoliación de las colonias.


Estados Unidos, que formalmente casi no tiene colonias, es, sin embargo, la nación más privilegiada de la historia. Los activos inmigrantes llegados de Europa tomaron posesión de un continente excesivamente rico, exterminaron a la población nativa, se quedaron con la mejor parte de México y se embolsaron la parte del león de la riqueza mundial. Los depósitos de grasa que acumularon entonces, les siguen siendo útiles todavía en la época de la decadencia, pues les sirven para engrasar los engranajes y las ruedas de la democracia.


La reciente experiencia histórica tanto como el análisis teórico testimonian que el nivel de desarrollo de una democracia y su estabilidad, están en proporción inversa a la tensión de las contradicciones de clase. En los países capitalistas menos privilegiados (Rusia, por un lado, y Alemania, Italia, etcétera, por el otro), incapaces de engendrar una aristocracia obrera numerosa, nunca se desarrolló la democracia en toda su extensión y sucumbieron a la dictadura con relativa facilidad. No obstante, la continua parálisis progresiva del capitalismo prepara la misma suerte a las democracias privilegiadas y más ricas. La única diferencia está en la fecha. El deterioro incontenible en las condiciones de vida de los trabajadores hace cada vez menos posible para la burguesía conceder a las masas el derecho a participar en la vida política, incluso dentro de los marcos limitados del parlamentarismo burgués. Cualquier otra explicación del proceso manifiesto del desalojo de la democracia por el fascismo es una falsificación idealista de la realidad, ya sea un engaño o autoengaño.


Mientras destruye la democracia en las viejas metrópolis del capital, el imperialismo impide al mismo tiempo el desarrollo de la democracia en los países atrasados. El hecho de que en la nueva época ni una sola de las colonias o semicolonias haya realizado una revolución democrática, sobre todo en el campo de las relaciones agrarias, se debe por completo al imperialismo, que se ha convertido en el obstáculo principal para el progreso económico y político. Expoliando la riqueza natural de los países atrasados y restringiendo deliberadamente su desarrollo industrial independiente, los magnates monopolistas y sus gobiernos conceden simultáneamente su apoyo financiero, político y militar a los grupos semifeudales más reaccionarios y parásitos de explotadores nativos. La barbarie agraria artificialmente conservada es hoy día la plaga más siniestra de la economía mundial contemporánea. La lucha de los pueblos coloniales por su liberación, pasando por encima de las etapas intermedias, se transforma por necesidad en una lucha contra el imperialismo y de ese modo se pone de acuerdo con la lucha del proletariado en las metrópolis. Los levantamientos y las guerras coloniales hacen oscilar, a su vez, las bases fundamentales del mundo capitalista más que nunca y hacen menos posible que nunca el milagro de su regeneración.


Capítulo 24: La economía mundial planificada

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El capitalismo tiene el doble mérito histórico de haber elevado la técnica a un alto nivel y de haber ligado a todas las partes del mundo con lazos económicos. De ese modo ha proporcionado los prerrequisitos materiales para la utilización sistemática de todos los recursos de nuestro planeta. Sin embargo, el capitalismo no se halla en situación de cumplir esa tarea urgente. El núcleo de su expansión sigue siendo el Estado nacional con sus fronteras, sus aduanas y sus ejércitos. No obstante, las fuerzas productivas han superado hace tiempo los límites del Estado nacional, transformando, en consecuencia, lo que era antes un factor histórico progresivo en una restricción insoportable. Las guerras imperialistas no son sino explosiones de las fuerzas productivas contra las fronteras del Estado que han llegado a ser demasiado estrechas para ellas. El programa de la llamada “autarquía” nada tiene que ver con el retorno a una economía autosuficiente y circunscripta al interior de sus fronteras. Sólo significa que la base nacional se prepara para una nueva guerra.


Después de haberse firmado el Tratado de Versalles se creyó generalmente que se había dividido bien el globo terrestre. Pero los acontecimientos más recientes han servido para recordarnos que nuestro planeta sigue conteniendo tierras que todavía no han sido explotadas o, por lo menos, explotadas suficientemente. La lucha por las colonias sigue siendo una parte de la política del capitalismo imperialista. Por completamente que sea dividido el mundo, el proceso nunca termina, sino que coloca una y otra vez a la orden del día la cuestión de la nueva división del mundo de acuerdo a los cambios en la relación entre las fuerzas imperialistas. Tal es hoy día la verdadera razón de los rearmes, las crisis diplomáticas y los preparativos de guerra.


Todos los intentos de presentar la guerra actual como un choque entre las ideas de democracia y de fascismo pertenecen al reino de la charlatanería y de la estupidez. Las formas políticas cambian, pero subsisten los apetitos capitalistas. Si a cada lado del Canal de la Mancha se estableciese mañana un régimen fascista -y apenas podría atreverse nadie a negar esa posibilidad- los dictadores de París y Londres serían tan incapaces de renunciar a sus posesiones coloniales como Mussolini y Hitler de renunciar a sus reivindicaciones nacionales. La lucha furiosa y desesperada por una nueva división del mundo es una consecuencia irresistible de la crisis mortal del sistema capitalista.


Las reformas parciales y los remiendos para nada servirán. La evolución histórica ha llegado a una de sus etapas decisivas, en la que únicamente la intervención directa de las masas es capaz de barrer los obstáculos reaccionarios y de asentar las bases de un nuevo régimen. La abolición de la propiedad privada de los medios de producción es la primera condición para la economía planificada, es decir, para la introducción de la razón en la esfera de las relaciones humanas, primero en una escala nacional y, finalmente, en una escala mundial. Una vez comenzada, la revolución socialista se extenderá de país en país con una fuerza inmensamente mayor que con la que se extiende hoy día el fascismo. Con el ejemplo y la ayuda de las naciones adelantadas, las naciones atrasadas serán también arrastradas por la corriente del socialismo. Caerán las barreras aduaneras completamente carcomidas. Las contradicciones que despedazan a Europa y al mundo entero encontrarán su solución natural y pacífica dentro del marco de Estados Unidos Socialistas, en Europa, así como en otras partes del mundo. La humanidad liberada llegará a su cima más alta.


NOTAS:

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1. Nueva versión al español traducida especialmente para esta edición de Œuvres, Tomo 20, Ed. por el L’ Institut León Trotsky, 1985, París, pág. 147. Otra versión en español se encuentra en El pensamiento vivo de Marx, Ed. Losada, Argentina.


I El resumen del primer volumen de El Capital -la base de todo el sistema económico de Marx- fue realizado por Otto Rühle con una profunda comprensión de su tarea. Lo primero que eliminó fueron los ejemplos anticuados, las anotaciones de escritos que hoy día sólo tienen un interés histórico, las polémicas con escritores ahora olvidados y finalmente numerosos documentos que a pesar de su importancia para la comprensión de una época determinada, no tienen lugar en una exposición concisa que se propone objetivos más bien teóricos que históricos. Al mismo tiempo, el Sr. Rühle hizo todo lo posible para conservar la continuidad en el desarrollo del análisis científico. Las deducciones lógicas y las transiciones dialécticas del pensamiento no han sido infringidas en punto alguno. Por estas razones este extracto merece una lectura cuidadosa. (Nota de L.T.)


II “La influencia moderadora de la competencia -se lamenta el primer fiscal general de Estados Unidos, Mr. Hommer S. Cummings- es desplazada gradualmente y en muchas partes ya no subsiste más que como un pálido recuerdo de las condiciones que antes existieron.” (Nota de L.T.)


III Una comisión del Senado de Estados Unidos comprobó en febrero de 1937, que durante los veinte años anteriores las decisiones de una docena de las grandes corporaciones habían contrapesado las directivas de la mayor parte de la industria norteamericana. El número de presidentes de las juntas directivas de esas corporaciones es casi el mismo que el número de miembros del Gabinete del Presidente de Estados Unidos, la rama ejecutiva del gobierno republicano. Pero esos presidentes de las juntas directivas son inmensamente más poderosos que los miembros del Gabinete. (Nota de L.T.)


2.Alexis de Tocqueville (1805-1859): había sido enviado a EE.UU. en 1831, para estudiar allí el sistema penitenciario. Su obra, La democracia en América, apareció en dos volúmenes en 1835 y 1840. Fue diputado en la Constituyente de 1848, en la Legislativa de 1849 y Ministro de Asuntos Extranjeros. Sólo pudo publicar el primer volúmen de su libro El antiguo régimen y la Revolución (1856).

IV El escritor norteamericano Ferdinand Lundberg, quien en desmedro de su honestidad científica es más bien un economista conservador, escribió en su libro, que produjo una conmoción: “Estados Unidos son hoy día propiedad y dominio de una jerarquía de sesenta de las familias más ricas, apoyadas por no más de noventa familias de riqueza menor. A esto se podría añadir una tercera fila de quizás otras trescientas cincuenta familias con rentas que superan los cien mil dólares por año. La posición predominante corresponde al primer grupo de sesenta familias, las que dominan no solamente al mercado sino todas las palancas del gobierno.” Son el gobierno verdadero, “el gobierno del dinero en una democracia del dólar”. (N. de L.T.)

3.Werner Sombart (1863-1941): fue defensor de las reformas sociales en favor de la clase trabajadora, pero luego se convirtió en dirigente de un régimen liberal. Su obra más importante El capitalismo moderno en tres volúmenes.

4.Daniel De León (1852-1914): nacido en Curaçao, llegó a Estados Unidos a los 20 años y enseñó derecho internacional en Columbia. Fue el fundador del Socialist Labor Party, de los Knights of Labor, luego de los IWW y combatió encarnizadamente, desde un punto de vista marxista y revolucionario, al reformismo de los sindicalistas norteamericanos. Pero los “Deleonistas” se dividieron por crisis y escisiones ininterrumpidas.


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